Antonio brea

Historiador

La bandera como toldo

La de la bandera rojigualda como techo común que da sombra a todos los españoles

El paseante por Teodosio, según accede a su primer tramo desde la contigua calle Baños, puede hallar a su izquierda y compartimentada en varias viviendas, una reformada casa decimonónica de las que otorgan su particular aire a esa zona de la ciudad. La misma es designada en una anodina placa como Edificio Nuevo Liceo. Lo que a buen seguro ignora el turista o el sevillano poco familiarizado con la historia del barrio es que el Nuevo Liceo fue un colegio allí afincado, que experimentó su época de mayor esplendor en los años setenta y ochenta.

De titularidad privada y carácter laico, en él estudié la Educación General Básica del ministro Villar Palasí, junto a mis compañeros de quinta, todos varones en un periodo en el que aún persistía como tendencia imperante la segregación escolar por sexos.

Regido con mano férrea por don Manuel Salvatierra, contó, hasta su desaparición, con una magnífica plantilla de maestros. A dos de ellos, Carlos Lema y Pedro G. Barba, les debo en buena medida mi posterior interés por la literatura y la historia. Y a otros como Agustín Cosano o Antonio Núñez, el haber contribuido a moldear mis futuras habilidades sociales sobre el duro caparazón de mi acusada timidez infantil.

Vienen a cuento estos recuerdos por un reciente encuentro mantenido por una decena de antiguos alumnos, al que tuve el placer de asistir y en el que llegaron a coincidir un ingeniero de sonido de prestigio internacional con un cofrade que salvó la vida gracias a un milagro reconocido por la Iglesia. Diez hombres más o menos vapuleados por el tiempo que, pasado el ecuador de la cincuentena, afrontan el inicio de la cuesta abajo con mucho humor y fidelidad a una vieja amistad, forjada en las aulas de una institución educativa perdida en las brumas del olvido.

De la emotiva y cálida tarde dejamos como testimonio algunas fotos en redes sociales, tomadas tanto en una cosmopolita cervecería frente a San Juan de la Palma, como en la plaza de la Gavidia, bajo la estatua y relieves de Antonio Susillo que rememoran la gloria imperecedera de los patriotas que se alzaron el Dos de Mayo. Un escenario, situado a pocos metros del colegio desde el que vivimos la muerte de Franco, el referéndum de la Reforma Política, el retorno del pluripartidismo, la aprobación de la Constitución, la consecución de la autonomía plena para Andalucía y el ascenso de Felipe González.

Como cierre de la jornada, no me fui a casa sin antes disfrutar de las palabras de Julio Alvera, jurista por formación, sufrido autónomo por oficio y progresista cabal en lo que hoy constituye un infrecuente oxímoron. Mi antiguo vecino de pupitre perfiló, previamente a su despedida, una bella metáfora sobre el sentimiento nacional: la de la bandera rojigualda como techo común que da sombra a todos los españoles. Siendo habitante de una urbe en la que el toldo es elemento fundamental del verano, por más que lo parezca haber olvidado su alcalde y flamante aspirante a redentor de los andaluces, su ocurrencia me llegó al alma.

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