La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

El buen morir de una gran sevillista

Doña Rafaela se fue de este mundo con el cariño de sus hijos y la ternura del presidente del club de sus amores

Toda su vida fue vivida en rojiblanco. Doña Rafaela murió en plenitud, en calma, con el alma limpia y con la satisfacción de que el Sevilla F. C. no le falló antes de expirar, antes del último hálito de su vida. De la vieja y auténtica guardia de la Gran Plaza, de las que seguro que vieron partidos en el estadio del viejo Nervión, ella entregó su vida en la habitación de una clínica después de haber recibido la visita, cariñosa, afectiva y fraternal, del presidente del club de sus amores. Toda la vida se la pasó pendiente de los resultados del equipo, de los éxitos y de las desgracias, de los títulos europeos y de los descensos, de animar a los directivos del club cuando se cruzaba con ellos antes o después del encuentro.

No vivía en Nervión, ella era Nervión. Sus hijos avisaron al club. La accionista y socia 5.709 se apaga lentamente, como los pasos de palio se marchan al son de una melodía dejándonos una mezcla de melancolía y dulzura. Se estaba yendo una gran sevillista. La alerta estaba activada. A la clínica se fue el presidente, Pepe Castro, para estar con ella. De nada se conocían, pero todo les unía, absolutamente todo. Doña Rafaela murió en paz, con los suyos, con el afecto del máximo mandatario del club de su vida, que en ese momento representaba a todos los presidentes que ella conoció en tantos años de fidelidad rojiblanca. La gente se muere cada día, sí. Mueren en los hospitales, en sus casas, en la calle, en el puesto de trabajo, en sus segundas residencias... Sólo hay que pedir a Dios tener una buena muerte. En paz, tranquila, con los deberes hechos, porque nada hay más vinculado a la vida que la muerte. Qué gozo el de doña Rafaela al morir en compañía de los suyos y con el cariño de José Castro apenas unas horas antes de su última despedida. Un club es grande cuando cuida estos detalles, además de ganar títulos, salvar asambleas generales con apoyos mayoritarios y presentar una brillante cuenta de resultados.

Por encima de todo, como siempre defiende el cardenal Amigo, está el supremo valor de la persona. Los hijos quisieron que su madre tuviera ese último gusto. Pepe Castro lo dejó todo, cogió el coche y se presentó en la clínica. La historia, hermosa por auténtica, merece la pena ser conocida. Si las hermandades tienen el poder de acompañar a los enfermos, con un pañuelo de la Virgen o con una potencia del Cristo, los clubes de fútbol son, ay, como hermandades que tienen la capacidad tantas veces de acompañar al que sufre, hacer felices a los niños y acompañar en el buen morir a los ancianos. Porque en este mundo no aspiramos a otra cosa que a tener una buena muerte y que nos sorprenda con el cirio al cuadril de las tareas cumplidas. Descanse en paz doña Rafaela. Y brille para ella la luz perpetua, tamizada por una vidriera rojiblanca.

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