Un sevillano en Texas

Eugenio Cazorla Bermúdez

En busca de la felicidad

La Constitución de los Estados Unidos incluye en su primer ajuste las libertades de expresión, religión, imprenta y asociación, libertades que no son suficientes para vivir a gusto.

LA Constitución de los Estados Unidos, ese maravilloso instrumento que ha venido gobernando este país desde hace mas de doscientos años, incluye en su primer ajuste (me resisto a traducir amendment por enmienda, porque no lo es) las libertades de expresión, religión, imprenta y asociación. Pero la realidad de la vida diaria nos enseña que tales libertades no son suficientes para vivir a gusto.

A poco de radicarme en Texas entré con mi mujer en un restaurante con intención de almorzar. Era como la una de la tarde o así. Pedí la carta. Al rato, el camarero, solícito:

-¿Qué se le apetece a los señores?

Mi mujer pidió algo, no recuerdo qué.

-Pues a mí no me apetece nada de lo que veo aquí. A ver, tráigame una tortilla de jamon.

-Lo siento, señor -repuso el camarero- las tortillas se sirven sólo como desayuno y hasta las once. No es posible servirlas ahora.

- Está bien, vamos a fingir que estoy desayunando.

-Lo siento, señor, es imposible -repuso el camarero-.

-Pero ¿por qué?

-Lo siento señor, no es posible.

No había forma de sacarlo de ahí.

-Pues no, señor -repuse incomodado-, sí que es posible: mire, ¿tienen ustedes una sartén?

-Sí, señor.

-¿Tienen ustedes aceite? Del que sea, me da igual.

-Sí, señor.

-¿Tienen ustedes huevos?

-Sí, señor.

-¿Tienen ustedes jamón? Me da igual que clase de jamón. Por último, ¿no dicen ustedes que el cliente tiene siempre razón?

-Ah, sí señor, siempre -contestó el camarero entusiásticamente-.

-Pues, entonces, ¿por qué no puedo yo comer una tortilla de jamón ahora? -chillé desesperado-.

-Lo siento señor, no es posible, -repuso el camarero sin alterarse-. ¿Quiere hablar usted con el maître?

Mi mujer, tirándome de la manga, me decía: "Déjalo ya, pide otra cosa" .

Yo comprendo que la Constitución de los Estados Unidos no pueda descender a garantizar la libertad de comer lo que quiera uno y cuando quiera. Y, sin embargo, la famosa Declaración de Independencia, fechada en 4 de julio de 1776 y de la mano maestra de Thomas Jefferson, nos enseña que una de las verdades que no necesitan demostración (self-evident), como las del barquero (¿quien sería ese barquero tan sabio?) junto con la vida y la libertad es la busca (pursuit) de la felicidad. Sentí en aquel momento que aquel restaurante me estaba boicoteando mi felicidad, personificada en algo tan sencillo como una tortilla de jamón.

Criado en las antiguas y sensatas prohibiciones españolas, tales como "prohibido hablar con el conductor" (en los tranvías); "prohibido asomarse a la ventanilla" (en los trenes); "prohibido escupir" (en los marmóreos suelos de la antigua y preciosa Audiencia de Sevilla, hoy Caja de no sé qué); "prohibido hacer aguas menores" (¿y por qué no las mayores?) en rincones estratégicos; "prohibido el cante o prohibido hablar de política" (en algunas viejas tabernas), etcétera, esta prohibición de comerse uno una tortilla a la una de la tarde me sacaba de quicio.

Pero en fin, cada día aprende uno algo nuevo.

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