La ventana

Luis Carlos Peris

La cabeza de José, el alma de Juan

MANUEL JIMÉNEZ 'CHICUELO' (19O2-1967). Es el eslabón entre Juan Belmonte y Pepe Luis Vázquez en el corazón de Sevilla · Cuando falleció su esposa se abandonó y se dejó morir

27 de abril 2009 - 01:00

INTROVERTIDO y grácil, significa Manuel Jiménez nada más y nada menos que la perfección del toreo que nace de la cabeza de José y del alma de Juan. Se da en este torero una de esas casualidades que conforman la dualidad sevillana. Si Juan nace en la calle Feria y crecerá en Triana, Manuel nacerá en la calle Betis y será la Alameda el escenario de su vida. Aunque hay doctos que niegan la existencia de escuelas para pontificar que la única válida es la de torear bien o torear mal, Chicuelo es el auténtico creador de lo que se dio en llamar escuela sevillana.

Del conocimiento de Gallito y la pasión de Belmonte se nutriría Chicuelo para, dándole su impronta personal, convertirse en el primer intérprete de un toreo que cautivó desde su aparición. Un toreo alado, de pies juntos que, sin embargo, tenía como condición indispensable el de cargar la suerte en los momentos fundamentales y, sin embargo, ha pasado a la posteridad como creador de la chicuelina. Pero con ser importante la creación de dicho lance de capote, la mayor aportación que el genial Chicuelo le dio al toreo fue la de la ligazón.

Eso de dar un pase aquí y otro donde quiera el toro lo destierra Chicuelo el 28 de mayo de 1928 en la plaza de Madrid. No es que no se hubiese hecho antes, pero jamás tan perfecta y continuadamente como Manuel lo logró ante Corchaíto, negro, calzón y coletero, número 49 de la ganadería de Graciliano Pérez Tabernero. Ese día amanece para el toreo la ligazón en estado puro, al natural y en redondos, por lo que en el toreo hay un antes y un después de la simbiosis lograda por el torero Manuel Jiménez Chicuelo con ese toro de Graciliano.

Nunca se habían engarzado tantos pases sin cambiar los terrenos, por lo que si Belmonte había logrado acortar las distancias entre toro y torero, Chicuelo había abierto una puerta que permanecía en el anonimato y por la que se entraría en el toreo moderno. Pero para eso había habido un proceso que se inicia en la niñez más temprana en la vida de Manuel, ya que al quedar huérfano con sólo cinco años se va a vivir con un tío que era banderillero. En un ambiente tan taurino, Manuel no podía ser otra cosa que torero y ahí fue germinando un torero genial, sevillano a más no poder.

Uno de los crisoles donde fue fraguando iba a ser la Huerta del Lavadero, donde los Gallos tenían su cuartel general, y donde se curtió en la dureza de un oficio que por entonces era sólo para héroes fue en el campo charro. Allí y en compañía de dos toreros que también llegarían, Juan Luis de la Rosa y el infortunado Manuel Granero, se fue haciendo torero un torero que iba a llevar el pabellón de Sevilla por el mundo. Debutó con caballos en Zaragoza el 1 de septiembre de 1918 en un mano a mano con un madrileño al que llegaron a llamar el Belmonte Rubio y que sería compañero y amigo hasta la muerte, Antonio Márquez.

Con toros de SantaColoma tomó la alternativa en la Maestranza de manos de Juan Belmonte el mismo día, 28 de septiembre de 1919, y a la misma hora en que la Monumental sevillana anunciaba la misma ceremonia para investir de matador a Juan Luis de la Rosa con Gallito de padrino. Dos corridas a la misma hora en Sevilla, algo habitual en el corto periodo de vida que tuvo la plaza de Eduardo Dato y que duró mientras vivió su impulsor, el gran José.

Ya desde el inicio no parecía el valor la mejor cualidad de Chicuelo, pero era tan bueno cuanto le fluía por las muñecas... A principios de 1920 coincidió con José en una corrida en Écija y al término de la cual le preguntaban al gran coloso que dónde podría llegar Chicuelo si tuviese valor. Joselito fue tajante en su respuesta: "A Chicuelo no le hace falta el valor para llegar a figura del toreo". Y, como en tantas sentencias como se le atribuyen, José no se equivocó, pues Chicuelo fue figura grandiosa en la que se dio en llamar Edad de Plata del Toreo.

La vida de Chicuelo tiene una importancia capital en México, donde se le recuerda con un monumento. Y es que, como sentenciaba Armillita, en aquel tiempo hubo dos toreros españoles que tuvieron en el país azteca más cartel que ningún otro, más o menos como el que tenía el gran ídolo de allí, Rodolfo Gaona. Y esos eran dos trianeros de cuna, Chicuelo y el gitano Joaquín Rodríguez Cagancho. Testaforte, Mezcalero, Duende, Serrano, Pergamino o Zacatecano son toros de Piedras Negras, de San Mateo o de La Punta que cuajó Chicuelo y que permanecen en la historia de oro del toreo allende el Atlántico.

Se casó con la cupletista Dora la Cordobesita, una figura de la época, y tuvo la esperanza de que su hijo Rafael sucediese a Pepe Luis en el corazón de Sevilla. Se retiró en 1951 en Utrera en una corrida de dos alternativas y tres retiradas y falleció en su casa de la Alameda el 31 de octubre de 1967, pero dicen los que le conocieron que nada fue igual para él desde que un día le llevaron a su casa la ropa de su hijo Juan, ahogado en el río a su paso por la Barqueta y que a la muerte de Dora en 1965 dejó de ir al médico. Cuando Pepe Pinto lo llevó casi a rastras, ya el cáncer de próstata era ilidiable. Ni siquiera el recuerdo del rabo que cortó en Sevilla cuando le dio la alternativa a Manolete le sacaba de su ensimismamiento.

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