La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

El camelo de los catedráticos de hoy

Pregunten cuántos trabajos de investigación han publicado, cuántas tesis dirigen, cuánto tiempo dedican a sus discípulos

En la España del tuteo, del falso igualitarismo, de la falta del tratamiento de respeto hacia las personas que lo merecen por edad, sabiduría y gobierno, llama la atención cada día más que sea en la propia Universidad donde imperan las formas más desahogadas. Te encuentras un profesor de una de las numerosas universidades andaluzas y te suelta sin el menor reparo un comentario sobre el último artículo de opinión de don Manuel Clavero Arévalo. La clave no está en que lo haya leído, que está muy bien que lo haga y es lo debido, sino en cómo te lo dice. "Oye, muy bien lo de mi compañero Manolo Clavero". Como diría con todo acierto Mariló Montero desde su casa de Sanlúcar de Barrameda, que se llama Nuestra Señora del Puy: "¿Perdona? ¿En serio?". Hay que ser necio, maleducado, ingrato y pretencioso para tutear a don Manuel Clavero en una conversación, ni a nadie que te saque treinta años en el DNI y una ingente relación de publicaciones e investigaciones, que es por donde se mide la calidad de un profesor de Universidad. Por mucho que algunos sean catedráticos, que hoy por desgracia los hay a manojos y de cualquier estirpe, algunos nunca le llegarán a la altura del zancajo a los grandes de la Universidad de Sevilla. Lo sentimos, señores. Hay que ser muy papanata para llamar "mi compañero Manolo" a quien es don Manuel por merecimiento y respeto. Y a quien es catedrático de verdad. Son esos mismos que no consideran al dependiente ni al camarero, que le llaman de tú durante la hora y media del almuerzo, pero que después se molestan cuando les preguntan: "¿De postre quieres tiramisú?". Y el tipo se extraña de que lo sometan al mismo tratamiento, como si ser doctor en la España de hoy supusiera un mérito extraordinario. Siempre me han llamado la atención esos almuerzos de celebración de las tesis doctorales en los que impera el tuteo y las chaquetas están colgadas en el respaldo de los asientos. Igual da contemplar una fiesta de cumpleaños en una barriada que un almuerzo de tesis de la Universidad de Sevilla o la Olavide. Está claro que la supuesta excelencia universitaria no garantiza la excelencia del saber estar. Nos hartamos de analizar clasificaciones de nuestras universidades, de evaluar el impacto científico y de otras gaitas, pero la clave está en las tesis doctorales y las publicaciones dirigidas por nuestros docentes. ¿Han creado escuela? ¿Alguien les reconoce como maestro de su materia? Les aseguro que cuanto más presumen de ser profesores de Universidad, más se dedican a la dolce vita. Que no le engañen, que hoy a ministro llega cualquiera. Y a la Universidad... Uf. Mejor dejarlo, compañero.

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