SE dudaba quién iba a ser apartado antes de su cargo, si el director del Centro Nacional de Inteligencia (CNI), Alberto Saiz, o el tesorero nacional del Partido Popular, Luis Bárcenas, los dos personajes públicos más salpicados por el escándalo en los últimos meses. Duda despejada: Saiz presentó ayer su dimisión, obligada, al frente de los servicios secretos. Uno a cero a favor del PSOE en la quiniela de la depuración política.

La situación del jefe de los espías se había hecho insostenible. Sólo quedaba por conocer en qué momento le dejaría caer el Gobierno que lo nombró -y lo ratificó hace dos meses-, sobre todo después de que Zapatero lo diese por amortizado al declarar que tendría su respaldo mientras estuviera en el cargo y de que la ministra Chacón -que se opuso a renovarle su mandato- ordenase una "información reservada" sobre su actuación, o sea, no se diese por satisfecha con las explicaciones que había dado en sus dos comparecencias parlamentarias. El cese estaba cantado.

A Alberto Saiz, ingeniero técnico de Montes aupado al frente de los servicios secretos por José Bono, le habían acusado, con abundante documentación, de haber financiado con fondos del CNI unas aficiones deportivas que no eran precisamente el tenis de mesa, sino la caza y la pesca en países y aguas exóticos, y haber contratado a familiares y amigos. Él ha negado siempre que hubiera algo irregular en estas actividades y ha achacado la denuncia de las mismas a una campaña de filtraciones cuidadosamente ejecutada por directivos y agentes del CNI descontentos con su gestión.

Pero esta defensa se volvió rápidamente en su contra, porque más importante aún que la veracidad o falsía de las acusaciones es el hecho mismo de que el Centro que dirigía se haya convertido en objeto de debate, cuestionamiento y chanza. Nada hay menos inteligente que un servicio de inteligencia que sale en los periódicos por los líos de su jefe. Un servicio de espionaje vale por su labor discreta y eficiente en interés de la seguridad nacional -y parece que esta etapa que se cierra fue fructífera en materia de lucha antiterrorista- y deja de valer cuando se abre en canal a sí mismo, enseña sus vísceras y desvela parte de la suciedad sin la que ese trabajo no existiría. Simplemente, empieza a no ser operativo, gasta más energía de la que genera.

La permanencia de Saiz era un problema creciente para el Gobierno de la nación, como lo es la de Bárcenas para Mariano Rajoy y el PP. Son puestos, los suyos, delicados y peligrosos, en los que la honradez necesita no sólo ser una realidad, sino parecerlo. Tienen un plus de exigencia acorde con la entidad de lo que manejan: los secretos y los dineros, respectivamente.

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