Por montera

mariló / montero

Una carta

CADA día sentía el deseo de escribirle una carta a su hijo. Pero su cabeza era, como decía Santa Teresa de Jesús, la loca de la casa. Le daba vueltas y más vueltas a todo lo que pretendía redactar en ella. Le faltaba valentía y posponía su cobardía con las acciones típicas del hogar que eran las únicas capaces de distraerle de ese arranque. Vestía a su hijo mientras le advertía lo bien que debía comportarse en el colegio. Cuando ya iba enganchándole los tirantes por la cintura la letanía discurría recordándole que no debía pelearse en el patio con ningún compañero. "Eso de pelearse, cariño mío, no está bien" No es de hombres pegar. El pequeño escuchaba cada mañana los consejos de una vida cívica que su buena madre le recitaba, aunque él jamás tuvo que enfrentarse a ningún percance.

Ajeno a las recomendaciones de su madre, el pequeño vivía el día en clase. Mientras tanto, en su casa. En su casa se vivía un horror. Su padre, a quien casi nunca veía se levantaba de la cama y aparecía en la cocina dando tumbos. Los primeros empujones contra su mujer era para acusarla por haber estado en la calle desde el punto de la mañana. Sin poder explicarle que regresaba de llevar a su hijo a la escuela ya había recibido el primer puñetazo partiéndoles el labio. Sonada por el golpe, la sucesión del resto de los demás guantazos, ya le sonaban todos al mismo eco por el mismo inmenso dolor.

En contadas ocasiones salía de casa para hacer la compra y corría para que los vecinos no pudieran percatarse de las huellas de los puños de su marido. Vio un agente de la Guardia Civil en la esquina de la panadería, a unos seis metros de distancia. Podía dar seis pasos, decirle "disculpe: quiero denunciar a mi marido porque me está matando". Pero sólo su sueño hizo el recorrido. A la hora de la cena era cuando sentía alivio porque el maltratador se iba a emborrachar a la calle, por lo que podía estar a solas con su hijo haciendo los deberes. Esa noche, absorta en la libertad al leer los libros de su pequeño, sintió un impulso y la inspiración para escribir una carta que luego entremetió en el cuaderno de su hijo.

Volvió a amanecer y el ritual de la vestimenta y los tirantes. Las recomendaciones de la buena educación así como de proteger a las niñas indefensas. Su hijo abrió el cuaderno en clase y halló una carta dirigida a la profesora. Cuando su madre estaba siendo azotada en la cocina, la Policía tiró la puerta de casa y su pequeño hijo custodiaba en el umbral de la vivienda la sombra de los guardias civiles.

Tags

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios