¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Un cartel guapo, guapo

Chapó por el detalle de la foto de Silvio, el rockero que consiguió meter la teología católica en la noche golfa

Vaya por delante, cual escuadra de gastadores, que nos gusta el cartel de Miki Leal de la Macarena, aun siendo conscientes de que no somos ningún Díaz-Urmeneta y que el peso de nuestro juicio es escaso. De todas formas, para opinar de un afiche tampoco hay que ser la reencarnación de Angulo. Las razones de nuestro beneplácito no son conceptuales, ni siquiera plásticas. Simplemente lo vemos y nos place, como nos gusta la música de Bach o Chet Baker sin saber distinguir una corchea de una semicorchea; o uno de esos naturales que dio Pablo Aguado la pasada Feria sin que tengamos el Cossío en nuestra biblioteca. Esa es la grandeza del verdadero arte. No requiere mucha teoría, incluso ninguna, para valorarlo. Además, Miki Leal, como se ve en el cartel macareno, es un artista que está en su punto exacto de maduración y, para muchos, es el valor más firme de su generación, en la que habitan también pintores de mérito como Fernando Clemente o Rubén Guerrero. Y luego está ese detalle de la foto de Silvio, el rockero que sometió a censura eclesiástica un LP, el vecino más universal de Los Remedios, el parroquiano de esa cabeza de puente de la invasión china que fue el bar ABC. Cantó aquello de "Rezaré ante ti, porque eres madre universal… Te amo tanto, Esperanza del Amor, Macarena de Triana eres tú. ¡Viva España! ¡Viva Roma!" y metió la teología católica en el centro de la noche golfa y estudiantil de Sevilla… Nunca un misionero, ni el más osado entre caníbales hambrientos, se atrevió a tanto. Ole Silvio, el gran caballero del rock español. Hizo más por la Semana Santa que un millón de priostes revenidos.

El cartel de Miki Leal es, como decían los más quinquis de nuestra quinta, "guapo, guapo". El acierto corresponde, además de al autor, a la Hermandad, que ha tenido el valor de encargarlo y sostenello, y al también pintor Ricardo Suárez, que se ha propuesto hacer con la Macarena lo que Juan Maestre hizo con la Maestranza, abrirla a las nuevas corrientes estéticas para sacarla de la modorra hortera y cateta del neobarroco o del folclorismo colorista. Es cierto que el arte contemporáneo es difícil de casar con las devociones ancestrales, hijo al fin y al cabo del descreimiento y el asesinato de Dios. Pero también lo es que esta nueva vía iniciada por la Macarena ha conseguido colocar la imagen de la Virgen de San Gil en casas de modernos con vocación de comecuras, que incluso tienen enmarcado el cartel que Manolo Cuervo hizo el año pasado, el del huevazo de pintura naranja. Lo curioso -y esperanzador- es la tremenda polémica que el cartel de Miki Leal ha levantado en las redes y algunas barras castizas. Queda claro que el cartelismo se ha convertido en un género vivo en nuestra ciudad, en una vía para el debate estético y la confrontación de ideas, aunque sea usando los cuernos más que el cerebro.

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