Tribuna económica

Rogelio / Velasco

Las consecuencias económicas del G-20

SEAN adecuadas o no, las intenciones tienen que materializarse en algo tangible para que produzcan efectos. En la reunión del G-20, las intenciones declaradas se corresponden con la grave situación que padecemos. Pero en unos casos adolecen de la intensidad necesaria; en otros no existen y, en fin, hay claras omisiones. En conjunto, ¿han satisfecho los acuerdos las expectativas?

Los recursos de los organismos financieros internacionales (FMI, Banco Mundial, etc.) van a recibir 1,1 billones de dólares adicionales. Dos comentarios. Aproximadamente la mitad de los recursos tendrán que ser aportados por los países y la otra mitad serán emitidos en forma de Derechos Especiales de Giro por el propio FMI ¿Cómo se van a repartir entre los países y cuándo van a ser aportados?

En todo caso, la mayoría de estos recursos se utilizan cuando un país en particular sufre graves problemas financieros: sirven para suavizar las consecuencias, pero no para atacar las causas. Además, esperemos que una gran economía como la británica no necesite ayuda, porque sí así fuera, consumiría una buena parte de los mismos.

El compromiso sobre un mayor control internacional de la banca paralela (fondos de cobertura, de riesgo, etc.) es una buena noticia, pero el verdadero reto es cómo realizarlo. El volumen de recursos que manejan es inmenso, las operaciones de gran complejidad técnica y se extienden por todo el mundo. La implementación de este compromiso es un formidable reto para los reguladores.

También es una buena noticia el que se quiera acabar con los paraísos fiscales, pero está por ver cómo se va llevar a cabo. No es creíble que el secreto bancario desaparezca en Suiza. Otra cosa es que se vean obligados a ser más "colaboradores". De hecho, las listas con distintas tonalidades de gris y negro que la OCDE publicó la pasada semana se han debido, sobre todo, a que no era presentable aceptar que en pleno territorio europeo aparecieran paraísos como Suiza o miembros comunitarios como Luxemburgo o territorios británicos. En todo caso, a pesar de ser una buena noticia, los paraísos fiscales no tienen nada que ver con la crisis.

Dado el retardo temporal que tienen las medidas de política económica en impactar al sector real de las economías, se nos está acabando el tiempo. Mayores medidas de impulso fiscal y de coordinación entre países se deberían haber adoptado. El ahorro en el mundo está hoy concentrado en China, Japón, India, Alemania y los países del Golfo. Sólo los dos primeros han activado potentes programas de gasto público para que los países necesitados de ahorro y en plena crisis (el resto de Europa y EE.UU.) puedan beneficiarse. Mientras esta situación continúe sin estar balanceada, no saldremos de la crisis. En particular, la contención que está mostrando Alemania ya le está pasando una elevada factura, como muestran las catastróficas cifras de producción industrial.

La reunión del G20 era necesaria para adoptar medidas y transmitir confianza. Pero la confianza sólo volverá cuando los ciudadanos y empresas perciban una mejora real de la situación y con cuando lo digan gobiernos optimistas. Quizás, lo mejor de la reunión es que ha sido un ensayo para una segunda.

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