EL programa de las Campos -para el que no lo haya visto, es una especie de reality en el que madre e hija intentan convencer al espectador de que su vida es de lo más normal- da para mucho. Más allá de pararme a analizar la relación materno-filial de las Campos o entrar a buscar las causas del comentado hasta la saciedad aumento de peso de Terelu, me limitaré a arrojar una lanza a favor de la matriarca de la familia.

En plena segunda adolescencia gracias al idílico noviazgo que María Teresa vive con su Bigote, ésta, ante la duda sobre cómo eran las relaciones en el lecho conyugal, aseguró que, tras las caricias y arrumacos, cada uno se retiraba a dormitar a sus propia habitación. ¡Acabáramos! ¿Una pareja que no comparte la bonita y maravillosa experiencia de contar ovejas en el mismo colchón? Solteros, casados, viudos y divorciados saltaron a la yugular de la pobre María Teresa. Como si ellos no comulgaran con la señora Campos. ¡Ja!

A estas alturas del partido a todos nos ha tocado compartir cama con alguna que otra persona. Porque, ya se sabe, hay una ley no escrita en el código parejil por la cual cualquier persona que mantenga una relación sentimental debe dormir en el mismo colchón que su pareja. Y, claro, como es ley, nadie se atreve a desafiarla. Por eso todos nos metemos en una cama de 1,35 con nuestro ser amado -vayamos a querernos en ella o no- así, sin rechistar. De ahí que, noche tras noche, se sucedan las mismas escenas. "Haz el favor de roncar en silencio", "Deja de mover la pierna o te la corto", "¿Puedes echar la colcha para atrás, que hace 50 grados?", son las frases más repetidas en una cama desde que el hombre empezó a mantener relaciones en ella. Por eso, la opinión de madre Campos me parece totalmente acertada, y sé que a los que la critican también. Porque, por mucho que se sea fan del arrumaco y muy estable que sea una relación, no hay pareja que sobreviva a mil batallas sobre el colchón y cien ronquidos desesperados.

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