La tribuna

Rafael Caparrós

Dos crisis globales

LA extrema radicalización política que siguió en Europa a las graves perturbaciones socioeconómicas provocadas por la Gran Depresión de 1929 fue una de las principales concausas de la Segunda Guerra Mundial. Y como esa gran crisis del capitalismo fue provocada por la falta de control estatal de una claramente excesiva especulación financiera bursátil (Galbraith), no es extraño que el funcionamiento autónomo del mercado fuera entonces universalmente denostado, cuestionándose severamente la viabilidad misma del sistema capitalista.

Antes de la formalización de los Acuerdos de Bretton Woods (1944), con un resultado de la guerra ya predecible, el Reino Unido y los Estados Unidos se reunieron para diseñar el nuevo orden económico de la posguerra, basado en la reconstrucción europea, el crecimiento económico y la resistencia al comunismo. Keynes defendió la tesis de que dejar la tarea de la reconstrucción europea a los caprichos del libre mercado supondría un grave riesgo y propuso un programa de desarrollo económico, basado en la intervención y el control estatales de los mercados financieros y la configuración de un sistema financiero internacional estable. Sus propuestas fueron aceptadas, pero con una fuerte oposición por parte de los fundamentalistas del libre mercado y de los propios sectores financieros. Pero, como Hobsbawm ha recordado, el desprestigio moral del mercado era entonces tal que un personaje tan poco sospechoso de veleidades izquierdistas como el líder conservador británico Harold MacMillan acabaría convirtiéndose en el máximo defensor de "la planificación".

Así, las finanzas privadas salieron de aquella refriega sometidas a la reglamentación de algunas de sus anteriores actividades, al control de los tipos de interés aplicables, y con la prohibición impuesta a los bancos de depósitos de que practicaran las actividades especulativas permitidas antes de la Gran Depresión. En el plano internacional, además, se habían establecido importantes restricciones a la movilidad de los capitales, que estuvieron en vigor hasta finales de los años 60. Pero entonces, la puesta a punto de la llamada "serpiente monetaria europea", supuso que las finanzas privadas pudieran empezar a escapar, por fin, a los controles y reglamentaciones nacionales.

Cómo y por qué estas prácticas monetarias y financieras fueron permitidas e incluso alentadas por los gobiernos de la época es una cuestión difícil y muy debatida por los historiadores. Es conocido el importante papel desempeñado por la circulación de ingentes masas de dólares alrededor del mundo. Asimismo, influyó su coincidencia con factores importantes, tales como el agotamiento del ciclo de crecimiento fordista de la postguerra, la desaparición del sistema de paridades fijas entre las principales monedas mundiales, los cambios en la estructura de los mercados financieros internacionales, las crisis energéticas de 1973 y 1979-80, y la expansión de las multinacionales.

Pero lo más trascendente fue el cambio de política monetaria acordado en la Cumbre de Tokyo del G-5 de 1979, que convirtió la erradicación de la inflación en el objetivo prácticamente exclusivo de las políticas macroeconómicas nacionales. Se pusieron, pues, en práctica nuevas políticas anti-inflacionistas, combinadas con la desregulación, el enfrentamiento con los sindicatos y el fomento de las fusiones empresariales. Así fue como nació una nueva era, la neoliberal, que, tras los éxitos electorales de Reagan y Thatcher a comienzos de los ochenta, culminaría en las décadas posteriores.

Todo ello, unido a la rápida difusión de internet, se tradujo en los noventa en la entronización de las finanzas en un poder hegemónico ya globalizado, el del ultraliberal capitalismo anglosajón. La subsiguiente financierización de la economía productiva explica, en el entorno de una incontrolada globalización como la actual, la bizarra relación de causalidad existente entre la quiebra de Lehmann Brothers en EEUU, la catástrofe monetaria en Islandia y el aumento del desempleo en España.

Si consiguiéramos remontar la crisis actual, ¿seríamos capaces de aprender las lecciones de estas dos crisis globales, o volveríamos a permitir que las finanzas se impusieran de nuevo a la economía productiva? Sólo si Europa, cuyo específico modelo de capitalismo renano atribuye al Estado un destacado papel de control del mercado, se consolidara como un poder político unificado, podríamos esperar soluciones alternativas al respecto, y una propuesta seria de regulación de los mercados financieros internacionales. Si no, seguramente volveríamos a tropezar en la misma piedra por tercera vez. Entre otras razones, porque la avaricia y la soberbia de los ricos y poderosos son ilimitadas y los titulares, gestores y beneficiarios del capital financiero del mundo anglosajón han acumulado ya demasiado dinero, poder, e influencia intelectual y doctrinal, como para renunciar por las buenas al brillantísimo y rentabilísimo protagonismo que ha venido ostentando desde hace veinte años.

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