La aldaba
Carlos Navarro Antolín
Asunción es la aldea de los galos contra el turismo invasor
LA fulgurante aparición de Podemos en las elecciones europeas de 2014 y los meses siguientes dio la impresión de que la formación política que lidera Pablo Iglesias era imparable. Las encuestas presagiaban un notable asentamiento como instrumento del movimiento de los indignados y receptor principal del desencanto de amplios sectores de la sociedad española con el sistema de partidos tradicionales y con las propias instituciones surgidas de la Transición, decididamente en crisis. No obstante, su conversión en un partido de funcionamiento jerarquizado, los escándalos de corrupción que empezaron a afectarle y el avance de Ciudadanos, que le disputa parte del electorado de la protesta y apuesta por la moderación, han empezado a cuartear su pretendida hegemonía. Los últimos sondeos ya discuten a Podemos su ambición de transformarse en un partido de poder, prácticamente igualado en expectativas electorales con PP y PSOE, y las propias elecciones autonómicas de Andalucía le brindaron un respaldo de los votantes y escaños bastante inferior al de socialistas y populares y muy lejano al imaginado por la cúpula de la organización. Esta misma cúpula ha emprendido un calculado plan de adaptación y reconducción de sus posiciones radicales de origen, que está afectando a los principales emblemas de su programa electoral -de hecho, aún no está terminada su elaboración-, a sus posicionamientos sobre la política nacional, a la estrategia de alianzas y pactos y a los líderes más discutidos (Juan Carlos Monedero, marcado por sus relaciones con el régimen chavista de Venezuela, por ejemplo, ha dado un paso atrás y rechaza ser candidato en las elecciones del 24-M y en las generales). Iglesias busca desesperadamente entrar en una zona de respetabilidad y ha llegado incluso a plantearse la adopción de la bandera nacional en sus actos de partido, algo que no deja de ser normal en cualquier país democrático, pero que en el caso de Podemos contrasta con su concepción original de rechazo de la Transición democrática, de sus instituciones más emblemáticas y de sus símbolos. Puestos en la tesitura de acercarse al poder, participar en la vida institucional y enfangarse en la parte menos noble de la política, los dirigentes de Podemos están sustituyendo a marchas forzadas sus viejos lemas antisistema y su retórica de subversión del Estado de 1978 por propuestas más moderadas y acordes con el estado de la opinión pública de una sociedad desarrollada, aunque en crisis, poco propicio a las aventuras revolucionarias. Podemos puede estar desinflándose o, al menos, cambiando mucho para adaptarse a las circunstancias. El 24 de mayo dará fe de la calidad de este cambio.
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