Baja temeraria

Mercedes de Pablos

El enemigo accidental

Cuando la cosa va de políticos y periodistas en feliz argamasa las etiquetas corren veloces como balas e igual de dañinas

Cantaban Objetivo Birmania "los amigos de mis amigas son mis amigos". Su poco de picardía (porque no usaban el femenino plural en plan inclusivo) le ponían aquellas Birmettes al dicho archiconocido. Que, como todos los refranes -y tal el horóscopo- a veces te viene bien y a veces no. Ni los amigos de tus amigos ni las amigas de tus amigas se contagian del cariño que tu, de verdad, amigo tiene por ti. Incluso ni siquiera tus amigos lo son siempre o lo son todo el rato, el mito del mejor amigo es primo hermano de otro: el príncipe azul. Aunque, como las brujas, existir existen amores y amigos para toda la vida: doy fe (y no digo de qué, ni que yo fuera Mendiluce, que dijo Antonio Gala cuando Jesús Quintero quiso saber de la identidad de sus amores).

El caso es que si ese axioma falla casi siempre, pura fórmula de cortesía, su contrario es infalible. Quieras o no, los enemigos de tus amigos son tus enemigos aunque ni siquiera los conozcas. Cuanto más estrecho es un círculo, pequeña una ciudad o raquíticas sus fuerzas vivas más te clasificarán de una parte o de otra. Quién dijo que en las pandillas juveniles es posible la equidistancia o la independencia. Si te tomas un café con fulanito, zutano no te invitará jamás a desayunar, pero si intentas tomarlo con los dos es posible que ni uno ni otro lo harán en su vida. Más sospechoso que un hooligan son aquellos que no tienen equipo y presumen de jugar por jugar. No se los cree ni el utillero. Un programa que hicimos, novedoso y leñero para una cadena nacional desde Sevilla, duró exactamente el tiempo que tardó el director general en salir por la puerta al ser cesado. El equipo sucesor ni siquiera tuvo tiempo de escuchar a sus cinco miembros (cinco mujeres poco ortodoxas he de reconocerlo). Para ellos éramos simplemente equipaje del cesado, las Otras, como las protagonistas de Amenábar. Fú.

Esa etiquetación involuntaria ocurre en todos los ambientes competitivos, desde la empresa y la política a las artes y la literatura. Y ni les cuento en el periodismo, donde se cruzan intereses de todos los ámbitos anteriores y alguno más. Cuando la cosa va de periodistas y políticos en feliz argamasa las etiquetas corren veloces como balas e igual de dañinas. Al parecer no se puede tener ni afecto ni respeto a quien no piense como tú (si es que hay quien piensa lo mismo todo el rato que vaya mi admiración por delante). Prueben a tuitear a un no afín y vivirán la encomiable experiencia de ser lapidado sin piedad.

Al tibio, la tibia. Fracturada.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios