La esquina

josé / aguilar

Los enemigos del sindicalismo

HAY una constante en las manifestaciones sindicales del Primero de Mayo: cada año acude menos gente. Los líderes de CCOO, UGT y las demás organizaciones convocantes deberían preguntarse por qué. No será, desde luego, porque no haya motivos para manifestarse. Tampoco el buen tiempo, la festividad y el puente laboral de los que aún tienen un empleo explican el elevado nivel de absentismo reivindicativo.

Hay un dato tan espectacularmente desolador que da miedo calcularlo. Un millón de andaluces se encuentran en paro. Sumen todos los manifestantes de todas las manifestaciones organizadas en las ocho provincias, multipliquen las cifras resultantes aplicando el triunfalista manifestómetro habitual y, aun así, les saldrá que sólo un porcentaje ridículo de parados -el colectivo aparentemente más sensibilizado y golpeado por la crisis- han respondido a la convocatoria de las centrales. Sería difícil encontrar una respuesta más tibia a un llamamiento más abierto y con más seguimiento potencial.

El sindicalismo está en crisis. No cabe duda de que tiene enemigos poderosos e influyentes, que se han propuesto desmantelarlo como instrumento de defensa de los trabajadores y auténtico estorbo para su proyecto neoliberal de salida de la crisis. Se trata de evitar que los sindicatos ocupen el lugar de la alternativa política que está dejando vacío una izquierda desnortada o, al menos, se erijan como referente de los movimientos de descontento y protesta que la creciente desigualdad social no deja de alentar de manera objetiva.

Pero estos enemigos externos del sindicalismo fracasarían en toda regla si el sindicalismo no tuviera también el enemigo en casa. Si el sindicalismo no fuera él mismo su enemigo. Y lo es por su incapacidad para adaptarse a los profundos cambios económicos y sociales que se han producido, porque su discurso es el mismo desde hace quince o veinte años, por su alineamiento político que les resta credibilidad, porque han convocado cuatro huelgas generales y las cuatro veces han fracasado, porque su prioridad no es la defensa de todos los trabajadores, sino la de sus afiliados, y porque, por la vía de la subvención, han autogenerado una casta de profesionales del sindicato que vive del presupuesto público, se autorregula y goza de privilegios insufribles.

Si, encima, mangonean el dinero de todos como miembros de la clase reinante, son ellos mismos los que se destruyen.

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