PUESTOS a hablar de tendencias toca sacar a la palestra una de las más insufribles de todas: la paridad gramatical, esa que obliga a todo bicho viviente a ser políticamente correcto cuando abre su boquita. Si no quieres molestar mejor di "jóvenes y jóvenas", vaya a ser que el tocahuevos de turno se sienta ofendido. Ese que se da golpes de pecho porque cree estar consiguiendo que las mujeres estemos integradas cuando por su pico suelta "mujeres y hombres hijos e hijas de sus padres y de sus madres". Pues mire usted, tampoco es para sentirse el rey del mambo. Es una soberana estupidez que no hace más que ralentizar el proceso comunicativo, crear incorrecciones gramaticales y terminar por volver loco a todo aquel que está escuchando.

Si en algo se caracteriza la lengua es en que evoluciona para agilizar el habla, economía del lenguaje que lo llaman, no para volver un discurso ininteligible.

Cuestiones léxicas aparte, ¿realmente es de vital importancia aludir al femenino y al masculino cuando se habla de una colectividad en la que están presentes ambos sexos? Para mí tiene mucha más importancia conquistar otros terrenos para conseguir la tan ansiada igualdad de sexos -de sexos, sí, que género tienen las palabras, no las personas-. El mercado laboral, formar una familia sin renunciar a crecer profesionalmente, eliminar el acoso sexual y la discriminación o el fin de la violencia machista. Esas son las metas. No nos sentimos valoradas porque un tío diga en su discurso "españoles y españolas". Cobrar igual por hacer lo mismo, poder llegar a los mismos puestos, que si él ha alcanzado el éxito y ha podido tener hijos yo también y no seguir viendo a una mujer en cueros anunciando un coche, ni cómo se nos trata diferente por no haber nacido con un pene.

No queramos hombres y mujeres, o mujeres y hombres. Queramos personas que, hablen como hablen, se respeten por el hecho de serlo y se traten como iguales.

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