La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

El esmoquin de Antonio Muñoz

El concejal recibe un curso acelerado para parecer lo que siempre debió ser: representante de todos los sevillanos

Antonio Muñoz

Antonio Muñoz / M. G. (Sevilla)

Hace muchos años que se lo dijimos en privado en los salones del Hotel Inglaterra, esos en los que media Sevilla ha tomado café y la otra media también antes de que pusieran un restaurante guarismal de los de servilleta y mantel minimalistas. “Antonio, si quieres ser alcalde déjate ver por todas las Sevillas, no renuncies a ninguna, porque eres concejal de todos los sevillanos. ¿Tan difícil es? Nadie te preguntará antes de entrar a ningún sitio”. Antonio Muñoz era entonces concejal de un gobierna débil. Siempre con buena prensa, con esa estética de Varoufakis de la Alameda, pero con exceso de pudor para ciertos foros. ¡En un mes me han cambiado a Antonio Muñoz porque no lo reconozco! Se ha abierto una cuenta en Twitter, ha portado las andas del Gran Poder y ha lucido un esmoquin en Capitanía. ¡Cáspita que por fin quiere ser no ya alcalde, sino edil de todos los sevillanos! ¿Y tanto trabajo costaba hacerlo de forma natural y siguiendo la regla suprema que dicen en Cádiz: “A poquito a poco”? Ahora todo del tirón, ¡pista que va el artista!

Como si fuera la carrera de camellos de la Feria, aquellos que avanzaban según lanzabas las pelotas y caían en los agujeritos. Me imagino al tío del micrófono con el volumen ensordecedor: “¡El camellito de Antonio Muñoz avanza de pronto por la fila dos de la Sevilla Eterna y glamurosa, pero el camellito de Cabrera aguarda en la tres a las encuestas, cuidadín, cuidadín con el camellito de Cabrera y ojo porque pudiera haber camellita procedente de Madrid! ¡Ay, qué bonitos son mis camellitos!”.

Espero de Muñoz lo que siempre le he dicho, que sea el primer chaqué desestructurado en el cortejo del Corpus. ¿Por qué no? Estoy viendo cosas tan rarísimas en tan poco tiempo que me quedo con ganas de más. El esmoquin de Muñoz debería ser donado en su momento al Museo de Artes y Costumbres Populares, donde deben lucir más pronto que tarde el frac de ese andaluz inglés que es don Luis Uruñuela, la guayabera del concejal Montoya, la pipa de Torrijos, el traje Príncipe de Gales de Manolo García, el pañuelo de secarse el sudor de Monteseirín, algún traje de Sobrino cortado para Zoido, una chaqueta de mi Juan (Espadas) con las mangas larguitas y el chalequillo de Rafael Belmonte. En la sala del patrimonio inmaterial deberá estar, por supuesto, el archivo sonoro del “qué horror, qué horror” de Soledad Becerril.

Sentado espero que Muñoz luzca ese chaqué y se emocione en los pregones. Ahora sí que se le está poniendo cara de... hábitat. Con lo fácil que era estar de forma natural en todos los sitios, lo está por la vía artificial. “Los camellitos, ay, qué bonitos. Lancen, lancen la pelotita y que corran”.

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