¡Oh, Fabio!

Luis / Sánchez-Moliní

Esos españoles de Burgos

UN estudio publicado recientemente en la revista científica norteamericana PNAS confirma lo que nos temíamos: los vascos son los españoles más puros que existen. Es más, son de Burgos, que es una de las formas más contundentes que existen de ser español. Según el grupo de científicos internacionales, que ha realizado una exhaustiva investigación genética para llegar a tal conclusión, los vascos son descendientes de unos agricultores que vivieron hace unos 5.000 años en Atapuerca, esa cueva del tesoro de la que no paran de salir calaveras y noticias. Además, el artículo confirma que el aislamiento al que estuvieron sometidas las poblaciones de los valles vascos hizo que durante milenios no sufrieran mácula alguna por parte de romano, moro o judío. En definitiva, cristianos de una pureza con la que don Francisco de Quevedo se hubiese relamido sus bigotes rojos. Ahora más que nunca se comprende por qué los dos primeros testimonios escritos tanto en castellano como en vascuence se encuentra en el mismo lugar, San Millán de la Cogolla, un monasterio que no se ubica ni en Castilla ni en el País Vasco, sino en La Rioja, esa verdadera patria para cualquier hombre de buena voluntad.

Lo mejor de las nuevas técnicas de investigación genética es que están acabando con muchas de las fantasías cimentadas por los malos usos arqueológicos e historiográficos que han impulsado los nacionalismos de todo color y condición. El vasco, lejos de ser un pueblo surgido de las brumas del paleolítico, un misterio fascinante y arrebatador, es el resultado de unos campesinos emigrantes de Burgos que, por las razones que fuesen, decidieron un día asentarse en la zona más oriental de la cornisa cantábrica.

Las manipulaciones nacionalistas en esta materia no son exclusivas de la tirijala euskalduna. En Andalucía se podría hacer una antología del disparate con las memeces que en su día se dijeron sobre el supuesto reino de Tartessos (todavía se dicen muchas). "Cuando el resto de los pueblos ibéricos eran pastores, nosotros escribíamos las leyes en verso", recuerdo con rubor que decía un altisonante profesor de mi infancia al explicarnos la historia antigua del Bajo Guadalquivir. Hoy sabemos que toda la fantasía tartésica era, en realidad, el resultado de las relaciones de los fenicios con los indígenas de Sevilla, Cádiz y Huelva, lo cual, por cierto, es mucho más interesante y sugestivo que las voluptuosidades de opereta de cierto nacionalismo andaluz.

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