TIEMPO El pueblo más frío de Andalucía está en Sevilla

La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

Las estupideces del primer día del año

Hemos soportado todo tipo de mensajes, groseros y escatológicos, para despedir el año del coronavirus

El telediario del primero de enero es probablemente el que mayores chorradas cuenta del año. Desde el primer niño que ha nacido en España hasta las estupideces que se hacen en diferentes partes del mundo para dar la bienvenida al 2021. Gente que se baña en hielo, tontos que se disfrazan de indio, deportistas madrugadores vestidos de Santa Claus... Ver estos primeros informativos del año confirman que hay vida inteligente más allá de la Tierra. No es muy difícil que la haya. Y, por supuesto, no olviden el reportaje de los destinos de Nochevieja en tiempos de pandemia. Siempre sale el bobo (o la boba) que no llega a los 30 años que te dice que, al menos, ha podido ir a la playa de toda la vida "a desconectar". La necesidad de eso que llaman "desconexión" ha hecho más daño a esta sociedad que las teorías sobre la supuesta calidad de vida. ¿Qué me dicen de los mensajes, muchos de ellos groseros o escatológicos, para despedir el año 2020? Me quedo con uno hermoso recibido poco antes de las uvas: "Ha sido un año duro, pero un año en el que incrementamos nuestra amistad, nuestro cariño y nuestras oraciones se convirtieron en un envolvente aro de fraternidad más allá de los espacios y de la distancia. Nadie nos privará de darnos ese gran abrazo del corazón". No, no tengo que mandar a ninguna parte el 2020. Agradezco haberlo vivido y superado. Existir es sufrir, subir las cuestas arriba, agarrarse en las curvas, aguantar los chorreones de cera caliente que te caen en la mano al portar ese cirio de la vida que se consume con lentitud y sin pausa. Pero nos imponen una cultura hedonista, una necesidad imperiosa de consumo, una imagen falsa de triunfo basada en logros materiales, que nos convierte en seres débiles, mansos, blanditos y deseosos de librarnos de la mínima disciplina. Somos tontos que creemos y nos hacen creer que por cambiar un dígito nos vamos a liberar de la penalidad que acompaña necesariamente toda existencia. En el fondo somos egoístas que repelemos cualquier problema, cualquier adversidad. Por eso nos venden con habilidad la panacea hasta cuando es imposible. Haga el indio, olvídese de sus problemas. Viaje, desconecte, el mundo es feliz, está lleno de placeres a su alcance. Que horror de lunes por la mañana, qué suplicio la cuesta de enero, qué fatalidad que tras agosto viene el primero de septiembre. Y con mensajes así te van minando la moral para convertirte en una marioneta de la sociedad de consumo que siempre busca educar seres de plastilina fácilmente moldeables. Y caen casi todos. Desde el iletrado hasta el profesor de Universidad.

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