La tribuna

Juan Carlos Rodríguez Ibarra

No es fácil, pero se puede

ES costumbre en la democracia española, cuando se acercan las elecciones, poner el acento en el nombre de los candidatos antes que en los partidos políticos. De todos (o de casi todos) es sabido que no somos los electores los que elegimos al presidente del Gobierno. Son los diputados, reunidos en el Congreso, los encargados de designar para ese cargo a la persona capaz de aglutinar alrededor suyo un mínimo de 176 votos en la primera votación o a más votos a favor que en contra en la segunda. Elegimos parlamentarios cada vez que se convocan elecciones generales al Congreso y al Senado. Y son ellos los que en nuestro nombre y como representantes de la soberanía nacional se encargan de articular todas y cada una de las funciones que tienen encomendadas por la Constitución Española y por el Reglamento del Congreso y del Senado.

Cuando en 2015 se agotó el mandato de los anteriores diputados y senadores, se procedió a la elección de la nuevas cámaras de representación. Dichas votaciones tuvieron lugar en las convocatorias del 20 de diciembre de 2015 y del 26 de junio de este año. Hasta la fecha, nadie ha sido capaz de alzarse con la Presidencia del Gobierno a pesar de haberse intentado en dos sesiones de investidura, las protagonizadas por Pedro Sánchez, en nombre del PSOE, y recientemente por Mariano Rajoy, en nombre del PP.

¿Por qué no consiguen ponerse de acuerdo quienes deberían tener la obligación de hacerlo? Empezaré diciendo que los votantes no hemos dado muchas facilidades a los grupos parlamentarios para que consigan el acuerdo de investidura. Acostumbrados como estábamos a las mayorías absolutas o a los acuerdos con los nacionalistas, la aparición de nuevos partidos y la deriva secesionistas de algunos nacionalistas no ponen sencilla la elección del presidente del Gobierno y la estabilidad gubernamental para la legislatura. Cada uno de nosotros, cuando votó, lo hizo pensando en sus preferencias políticas o ideológicas y en los intereses concretos y particulares de cada uno, sin que pueda atribuirse al llamado "cuerpo electoral" el resultado final arrojado por las urnas. El "cuerpo electoral" es una ficción y, como tal, un invento de analistas, politólogos y sociólogos; no existe un cuerpo electoral, lo que sí existe son votantes que, sin ponerse de acuerdo entre ellos, votan, y su voto individual sumado al de otros votantes, ofrece el resultado que cada vez reflejan las urnas.

Durante varias convocatorias electorales, PSOE o PP se las arreglaron con sus respectivas mayorías para elegir presidente y mantener la estabilidad gubernamental durante el periodo legislativo. Lo que parece evidente es que ahora, con los resultados obtenidos, ni PP ni PSOE van a poder o querer llegar a acuerdos con quienes exigen como contrapartida que se permita votar por la secesión a los diferentes territorios que conforman España. De igual forma, resulta ilusorio pensar que lleguen a alguna parte la mezcla del fuego con la gasolina. Tratar de unir ambas cosas es apostar por la extensión del incendio y por hacer más grande el estropicio.

Si en lugar de poner el acento en los candidatos a presidente del Gobierno, fueran los partidos los que tomaran en sus manos la responsabilidad de conseguir mayorías que posibilitaran esa elección, podría pensarse que, tal vez, el acuerdo sería mucho más probable. En esa tesitura, el PP, como partido más votado y con más escaños, ha visto como su candidato no consiguió la investidura. Y por los pronunciamientos habidos no parece que vaya a poder conseguirlo si repite la jugada. El PP lo sabe, como lo sabemos todos. Si el PP decidiera ejercer como partido, y no como apéndice de su presidente, habría llegado el momento de que sus órganos de dirección se dirigieran al resto de los grupos parlamentarios poniendo encima de la mesa el nombre de otro candidato, como muestra de que ellos son los primeros en sacrificar uno de sus compromisos electorales y como ejemplo de que ponen, de verdad, la formación de un gobierno y la estabilidad política, por encima de personas y personalismos. Qué duda cabe de que ese gesto daría fuerza moral al PP para pedir otros sacrificios electorales a las otras formaciones políticas.

Si eso se hiciera, se pondría de manifiesto el carácter y la personalidad de los partidos políticos, precisamente en el momento en que tan faltos están de ambas cualidades, y se demostraría que los partidos políticos no son los acólitos de ningún liderazgo personal por muy fuerte que haya sido. El fracaso de un candidato no puede constituirse en el fracaso de todo el sistema.

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