Confabulario

Manuel Gregorio González

La falla

DECÍA Hobsbawm, el historiador anglo-germano, que los historiadores del futuro no sabrían explicarse el vértigo y la esquizofrenia que padeció la humanidad durante la Guerra Fría. Salvando las distancias obvias, tanto de magnitud como de escala, no será fácil, dentro de unos siglos, dar una explicación coherente de la actual situación política española. Pero no por la tragicomedia de aldea que se avecina, y que probablemente nos regale momentos inolvidables, sino por los cuarenta años en los que el nacionalismo se ha considerado, casi por unanimidad, una fuerza "progresista" que contribuía a la libertad y a la legítima expresión de los pueblos. De esas cuatro décadas de "progreso", sin embargo, ha emergido lo que ya sabíamos desde primeros del XIX: un cantonalismo decimonónico y un recelo vernacular, trufado de pintoresquismo.

Uno de los mayores misterios de la democracia española, y de la segunda mitad del XX en su conjunto, es esta fascinación de la izquierda europea por las fuerzas reaccionarias y cantonalistas. Sin este fervor ingenuo o interesado de las izquierdas (de la derecha, que también ha pactado con ellos, ya hablaremos otro día), el inexplicable predicamento de los nacionalismos quizá se viera reducido a los círculos mercantiles y a los casinos de pueblo. O en todo caso, se hubieran mantenido como lo que son, partidos reaccionarios, bastante conservadores y enormemente localistas. Pero ante el eslogan de "la libertad de los pueblos" parece que nadie puede resistirse. Y es así como una parte de las izquierdas autonómicas acudieron en socorro de estos héroes desvalidos. El problema, sin embargo, es la palabra pueblo. Y el pueblo que emerge de la tríada dieciochesca (Libertad, Igualdad, etcétera), coincide muy difícilmente con un pueblo basado en la identidad, la raza y el folclore. Un pueblo así se parece más a la Galia de Astérix que a la República francesa. O si lo prefieren, se parece más a un cuadro de Rothko que a un lienzo de Seurat. Con el añadido, en absoluto menor, de que distinguir entre catalanes de verdad y malhechores postizos no contribuye a la buena vecindad y asuntos paredaños.

La cuestión, entonces, es esta falla abierta entre vecinos y las generaciones que tardará en cerrarse, si se cierra. La cuestión, en fin, es si alguien responderá por ello, y si lo veremos nosotros, y si algún día habremos de repetir esta cruel y bochornosa astracanada.

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