Economía para principiantes

Fede Durán

La felicidad de las empresas

GERARDO Díaz Ferrán llevaba un tiempo alejado de la primera línea de prensa. El fin de semana reapareció en un musculoso periódico con una entrevista a doble página de la que extraigo una frase campeona: "Los empresarios son la solución del país y no el problema". Tiene razón: la Administración es capaz de parchear goteras e incluso aún representa para muchos esa especie de retiro activo que es -o al menos muchas veces parece- el funcionariado. Pero para fer país, como dicen los catalanes, el ecosistema económico necesita de ese libre albedrío reglado que es el sector privado.

¿Están contentas nuestras empresas en España? ¿Soportan el críptico tablero autonómico y sus rebuscados recovecos -fiscalidad variable, subvenciones caprichosas-? Y, sobre todo, ¿qué piensan del actual marco laboral? El ejemplo más reciente es también el más terrorífico: Telefónica, uno de los cinco gigantes del Íbex 35, traslada su central de compras a Múnich.

La patronal quiere acabar con el problema de la rigidez en el mercado de trabajo recurriendo a salidas que un espíritu inmovilista considerará por defecto amenazantes. La principal es atacar la temporalidad rebajando la armadura del trabajo fijo. Una compañía paga demasiado por despedir improcedentemente -45 días por año- y demasiado poco por prescindir de un eventual -8 días-. La CEOE apuesta por la equidistancia de los 20 días para reconvertir lo temporal en permanente sin amedrentar al empresario con cláusulas sin parangón en Europa. La pega, claro está, es que la ventaja de quien elude un contrato provisional es la desventaja de quien firma uno fijo. La medida no sería por cierto retroactiva: nadie perdería sus 45 días con el cambio legal.

Dudar es sano. Irlanda era el paradigma de las cosas bien hechas justo antes de la crisis -lo mismo sucedía con Islandia, nación de vuelta a su estatus de colibrí-. Su vigor se basaba en una audaz combinación de I+D, finanzas y construcción, todo ello aliñado con una risueña flexibilidad laboral que ahora no le impide exhibir una tasa de paro del 12,5%, según los datos de la OCDE. España, pues, tiene un problema complejo para el que no basta una sola terapia sino una vacuna coral bien sostenida en el tiempo: formación escolar, profesional y universitaria con cribas más exigentes y un revival de la extinta cultura del esfuerzo; auténtica conciliación de la vida personal y profesional (apenas un 12% de los contratos son a tiempo parcial); fiscalidad más racional; organización más depurada; incentivos más justificables y un largo (y debatible) etcétera.

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