¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Al fin la lluvia

La Sevilla turistófila es pluviófoba, manía heredada quizás de cuando el río era un dios terrible e indomable

Dicen que llega la lluvia y habrá que descorchar algo para celebrarlo. El verano ha sido inclemente, heraldo descarado de un cambio climático del que nos hemos olvidado por el coronavirus, pero que sigue ahí con su promesa apocalíptica de azufre y fuego. Antaño, de la irrupción del agua se alegraba sobre todo la ciudad agraria, los latifundistas del Sport y los catetos que venían de compras a San Eloy; esa ciudad que siempre llevaba un pluviómetro en la cabeza, que hablaba en el aperitivo del precio del trigo duro y de los pormenores del verdeo, la misma que la PAC convirtió en una especie definitivamente extinguida. Atrás quedaron Fernando Villalón, Manuel Halcón, Bernardo Víctor Carande..., leyendas agroliterarias, hombres que fueron leales a sus besanas, a sus perros y a sus máquinas de escribir, incluso instantes antes de levantarse la tapa de los sesos o decidir el día de la siembra.

Sin embargo, a la Sevilla turística, aquella que sustituyó a la agraria, no le gustan los aguaceros. No viene un sajón de la brumosa Inglaterra para empaparse por Sierpes o gastarse sus orgullosas libras en uno de esos paraguas de pega que venden los negros en fuga y los comerciantes de bisutería. La ciudad turistófila es pluviófoba, manía heredada quizás de cuando el Guadalquivir era un dios terrible que, periódicamente, se desbordaba para reclamar su imperio lacustre de lagunas, charcos y marismas. Todavía hoy, para recordarnos que aún castrado y maniatado sigue manteniendo un resto de furia, el Betis nos devuelve de vez en cuando algún cadáver anónimo, pálido y desfigurado.

Con el río domado por las grandes obras públicas de finales del XIX y principios del XX y el turismo en estado latente, la llegada de estas lluvias de septiembre sólo puede ser saludada con danzas neolíticas de alegría. Los chaparrones atlánticos que traen las nubes del oeste tienen muchas virtudes higiénicas y agrícolas que incluso han sido cantadas en coplas camineras, pero sobre todo llenan unos pantanos que corren el peligro de convertirse en secarrales si no cesa la pertinaz sequía.

Al fin la lluvia. Bienvenidos sean los aguaceros que empapan los robustos plátanos que dan sombra al balcón. Es tanto el alivio que, por una vez, prometemos solemnemente no soltar por la boca culebras, cuchillos y sapos si la tormenta nos sorprende en medio del puente de San Telmo, o si somos expulsados de una mínima y abarrotada parada de Tussam por orondas y empoderadas señoras, crueles sirenas de río que miran las gotas caer con una mezcla de fascinación y reproche en los ojos.

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