Editoriales

El final de un castigo a Sevilla

BIEN está lo que bien acaba y hay que felicitarse porque desde las once de la noche de ayer los trabajadores de Lipasam están otra vez en la calle retirando las más de siete mil toneladas de basuras que se habían acumulado en el chantaje inhumano con el que han castigado a Sevilla durante casi dos semanas. Pero también es el momento de poner de relieve la torpeza con la que han manejado los sindicatos un conflicto en el que enfrentaban a la plantilla con la opinión pública y en el que tenían todas de la perder. Esta torpeza se simboliza perfectamente en la caótica asamblea de anoche, en la que fueron necesarias dos votaciones para llegar a la desconvocatoria. Aunque habrá tiempo de analizar en profundidad el acuerdo que ha permitido la vuelta al trabajo, no cabe duda de que el gobierno municipal, y fundamentalmente el alcalde, Juan Ignacio Zoido, se ha apuntado un tanto gracias a la firmeza con la que se ha enfrentado a la situación. El resultado de la huelga de Lipasam le va a ser muy útil al alcalde para enfrentarse a la oleada de conflictos que se le viene encima y que van a afectar a servicios tan esenciales como la Policía Local. Zoido ha demostrado que cuando se tiene la razón, se puede y se debe negociar pero no se puede hacer cesiones que hubieran condenado a la empresa a una ruina segura. Ahora lo que hay que exigir es que en Lipasam se arbitren las medidas y se aceleren los trabajos para que la ciudad deje lo antes posible de ser el estercolero en el que la habían convertido.

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