Editorial

Un fracaso del que sacar conclusiones

POR si había quedado alguna duda tras el miércoles, el debate de ayer dejó claro que es un error presentarse a la investidura como presidente del Gobierno si previamente no se han asegurado los apoyos necesarios. Por segunda vez, la sesión parlamentaria de poco sirvió para mover las posiciones de las distintas formaciones que componen el hemiciclo, las cuales aprovecharon la oportunidad para remarcar sus mensajes de cara a una cada vez más posible convocatoria electoral. Parece ya evidente que ha comenzado la cuenta atrás para la celebración de elecciones generales el próximo 26 de junio, las cuales sólo se evitarían con un auténtico milagro político, algo que, como todo el mundo sabe, es altamente improbable.

Mucho se ha especulado sobre las razones que han impulsado a Pedro Sánchez a intentar de forma casi desesperada su investidura. Sus compañeros del PSOE -al menos los más leales- han querido mostrar la iniciativa como un gesto de generosidad y patriotismo imprescindible para desbloquear el callejón sin salida en el que ha entrado la gobernabilidad de España. Por contra, sus adversarios se han esforzado por desacreditar este gesto por dos vías diferentes: como la huida hacia delante de un político con poco futuro y como una plataforma propagandística del PSOE para colocarse en una buena posición de salida de cara a la convocatoria de nuevas elecciones. Sea como fuere, lo cierto es que la maniobra de Pedro Sánchez sólo ha servido para encrespar aún más las diferencias entre los partidos políticos y se puede decir que España está hoy más dividida que la semana pasada.

Capítulo aparte merece la actuación del líder de Podemos en las dos jornadas de debate de la fracasada investidura. Si el miércoles asistimos a cómo Iglesias insultaba alegremente a compañeros de cámara como Albert Rivera o a ex presidentes como Felipe González, ayer lo volvimos a ver actuando con frivolidad adolescente ante una ciudadanía entre divertida y perpleja con su actitud. El político morado intentó convertir en doctrina política la anécdota tonta del beso al portavoz de En Comú Podem, Xavier Domènech. "Fluye el amor. Pedro, solo quedamos tú y yo", dijo Iglesias con tono de chistoso de colegio antes de proponerle un "pacto del beso". Quizás a Pablo Iglesias le puedan parecer graciosas sus actuaciones, pero, al subir al estrado parlamentario, debería recordar lo mucho que nos estamos jugando todos los ciudadanos, especialmente los más desfavorecidos que él dice defender. Un poco de seriedad y responsabilidad no vendría mal. Las formas ayudan mucho en política.

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