¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Los furtivos del Parque del Tamarguillo

Nos gustaría pensar que estos cazadores son los hijos espirituales de Juan Lobón, pero nos tememos que no

En la biblioteca de todo cazador que se precie no pueden faltar dos volúmenes: El libro de la montería de Alfonso XI y El mundo de Juan Lobón, para nuestra modesta opinión la mejor novela que se ha escrito sobre el tema en Andalucía, pese a que su autor, Luis Berenguer, fue un marino e ingeniero de armas navales gallego destinado en San Fernando. La obra, sobre la que se llegó a hacer una serie de televisión, nos relata en primera persona el fascinante universo de un cazador furtivo enfrentado no sólo a señoritos y caciques, sino también a sus "domesticados" compañeros de clase social. Cuando se leen sus páginas es difícil no sentir simpatía por este buen salvaje que vive aparte de toda convención y autoridad; una especie de libertario entre Thoreau y el Tragabuches, más cercano a la mentalidad de los cazadores-recolectores que al código civil napoleónico. La caza furtiva siempre fue una de las muchas pequeñas resistencias que las clases populares ejercieron contra sus señores y monarcas, algo que iba más allá de la mera subsistencia para convertirse en una reivindicación del libre acceso de todos los hombres a los dones de Dios.

Mascullábamos estas ideas e idealizaciones cuando leíamos la noticia, publicada en este periódico por Ana Sánchez Ameneiro, sobre la existencia de cazadores furtivos en el Parque del Tamarguillo. Es la coordinadora de vecinos de Alcosa, llamada La Fea, la que ha denunciado al Ayuntamiento ciertas prácticas de caza con perros e, incluso, trampas que se están realizando en dicha zona verde. Somos conscientes de que las ordenanzas hay que cumplirlas y que la sensibilidad actual (sobre todo la urbana) no es muy favorable al arte cinegético, pero no podemos evitar que nos resulte fascinante observar estas irrupciones del agro en la ciudad, como cuando una inesperada coruja se posó soberbia y señorial en el dorado marco del retrato de un antepasado de nuestro vecino, o vemos pasear un caballista por medio de una avenida atestada de tráfico, al estilo del gran MacCloud en la televisión de los setenta.

Nos gustaría pensar que los furtivos del Parque del Tamarguillo son los hijos espirituales de Juan Lobón, una secta de resistentes frente a la conversión de los espacios verdes en pistas de atletismo y salones de yoga. Pero mucho nos tememos que, probablemente, serán un grupo de macarras dispuestos a generar sufrimiento por diversión, sin ningún respeto a los viejos códigos de los cazadores legales o ilegales de la antaño muy cinegética España. Que Delibes los perdone.

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