Fragmentos

Juan Ruesga Navarro

Me gustan las procesiones

COMO a casi todos los sevillanos, educados desde niños en el disfrute de la Semana Santa sevillana, me gustan las procesiones. Me gustaron desde los brazos de mis padres, igual que pasado el tiempo sostuve yo a mis hijos. Me gustaron desde las sillas, pidiendo caramelos o cera y dando cuenta de unos estupendos bocadillos preparados con pan del Horno de San Isidoro. Me gustaron desde los balcones de casa, en la esquina de Álvarez Quintero y Entrecárceles, frente a Muebles Lastrucci, con familia que venía a ver alguna cofradía, a descansar un poco y tomar una torrija.

Me gustó formar parte de una procesión y ver a la gente desde dentro de un antifaz blanco de la Borriquita. Y sentir un momento único cuando, acompañando al Cristo del Amor, ponías el pie en la rampa y veías la plaza llena de gente y las dos filas de nazarenos dibujar una limpia calle entre la muchedumbre. Y al llegar a la embocadura de Orfila, caminar a los sones de Amargura, que llegaban desde lejos. Me gustó ver las filas de nazarenos del Silencio, espaciados, cruzar casi en soledad la Plaza del Salvador. Y ver los cirios apoyados en un rincón, al lado de la Joyería Reyes, tras pasar la Macarena, y cómo eran recogidos por el de la carretilla. Y caminar tras el paso de Virgen por la plaza de los Carros hasta el giro de Relator. Y ver llegar con emoción la imponente belleza de las parejas de nazarenos que abren la cofradía del Gran Poder. Igual que me producen una especial sensación de armonía los ciriales de la Mortaja por Dueñas. Porque me gusta ver pasar delante de nosotros la historia de las hermandades, contada en cada procesión, a través de las insignias que marcan los tramos de la comitiva, y saber el orden de antigüedad, y lo que significa ir en un lugar u otro del cortejo.

Me gustan las procesiones en la calle. Bien dibujadas las dos filas. Bien espaciadas las parejas. Hace años busco de manera deliberada las calles en las que se puedan contemplar la comitiva bien ordenada. Cada vez es más difícil. Me da la sensación que la Semana Santa ha cambiado, o he cambiado yo. Parece que estamos ante el éxito de las imágenes en sus pasos y el olvido de la procesión. ¿Qué es una procesión? El acto de ir ordenadamente de un lugar a otro personas en hileras con algún fin público y solemne, por lo común religioso, dice el diccionario. La procesión, las filas de nazarenos, pueden parecer un intervalo de tiempo que hay que esperar para ver los pasos llegar. Y no es así. Es una forma muy elaborada a lo largo de siglos y resultado de la unión de la tradición de la comitiva como desfile solemne y la conmemoración de la Pasión a partir de la Edad Media, que busca en la multiplicidad de lugares, una simultaneidad que represente el universo. Para conseguirlo, surge la forma itinerante, y posteriormente la estación de penitencia a la Catedral. Y finalmente el momento que se instaura la carrera oficial, y se fija el orden del desfile, por días y por horas, para poder mantener las procesiones en todo su esplendor. Valoremos la procesión como una expresión plena de sentido.

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