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Han causado gran revuelo las palabras que Luis Almagro, secretario general de la Organización de Estados Americanos, ha dirigido a nuestro ex presidente Zapatero. En esencia, Almagro le ha recomendado "que no sea imbécil" y que deje de apoyar al régimen de Maduro. El exabrupto, inconveniente como todos, explicita el hartazgo de un buen número de países de la zona por la anómala mediación que Rodríguez Zapatero está ejerciendo en el conflicto venezolano. Es, además, consecuencia directa de discrepancias recientes: el pasado 15 de septiembre, Zapatero dijo que el aumento de la emigración venezolana "tiene mucho que ver con las sanciones económicas impuestas por los Estados Unidos y respaldadas por algunos gobiernos de la región"; más tarde, Almagro afirmó que no descartaba una intervención militar en Venezuela, declaraciones que, aunque posteriormente desmentidas, fueron fuertemente criticadas por el político español.

En ese clima, no precisamente ideal para la intermediación, es en el que se insertan los hoscos juicios de Almagro: "Es la séptima vez -recuerda- que aclaramos que estamos en contra de cualquier intervención armada (…) Defender una dictadura como lo ha hecho él -Zapatero- eso sí que es ser un político perimido, arcaico y anacrónico (…) Definitivamente el señor Zapatero está en el más alto grado de imbecilidad".

No seré yo quien aplauda semejante discurso. Pero tampoco quien bendiga las maniobras de un sujeto que, de facto, actúa como vocero del disparate bolivariano. Me parece incomprensible la comprensión de la que Zapatero hace gala frente al penoso drama que allí se está viviendo.

Me malicio que no soy el único. Diríase que las andanzas del ex líder socialista también incomodan al Ejecutivo español. Es cierto que el Ministerio de Asuntos Exteriores ha presentado la lógica protesta ante la OEA. Pero no lo es menos que Borrell ha querido, al tiempo, marcar distancias: "El ex presidente Zapatero -subraya- no representa al Gobierno de España, no le hemos encargado ninguna negociación" en Venezuela y "su trabajo de mediación lo hace estrictamente a título personal". O lo que es lo mismo, que responda él de sus actos puesto que habla exclusivamente por su boca.

Es lo que tienen los arbitrajes dolosamente caseros: no vale llorar si acaban llamándote de todo menos bonito. El fracasado contador de nubes sabrá si le traen cuenta su descarado sectarismo y su voluntaria y cómplice ceguera.

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