¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Las juras civiles

La jura de bandera fue un elemento simbólico fundamental en la nacionalización de las masas Un hombre con sombrero Catalán en la Hispalense

Un momento de la jura.

Un momento de la jura. / José Ángel García

SOY muy partidario de las juras de bandera civiles, como la que se celebró el pasado domingo en la Plaza de España, con Ágatha Ruiz de la Prada como madrina oficiosa vestida de rojigualda y tocada con una mantilla blanca, que nos recordó a una de esas matronas con las que los ilustradores decimonónicos representaban a la patria o a la constitución vigente. Creo que este tipo de actos ayudan a las relaciones entre las Fuerzas Armadas y la sociedad a la que se deben, fomentan la cultura de defensa entre los civiles y promueven el afecto a los símbolos nacionales, algo en lo que a España le queda mucho por recorrer a diferencia de las democracias más viejas del planeta, como EEUU, Gran Bretaña o Francia.

Dicho esto, he de aclarar que nunca he ido a uno de estos actos. Ya me tocó mi turno en la base de Hoya Fría, vistiendo el glorioso mimeta, con el chopo al hombro y al ritmo del pasodoble africanista Soldadito español (¿seguirá la tropa profesional usando el argot de los quintos?). Como en este asunto no he cambiado, no me siento en la obligación de renovar mi juramento. Y menos sabiendo que en los actos castrenses siempre hay dos invitados que no fallan: el calor y el dolor de pies. Uno ya va teniendo una edad y sí me apuntaría a una jura de salón, fresquita y glamurosa, de fondo una solemne pavana, en el bonito patio central de Capitanía o en el bar de oficiales, donde aún habita el fantasma de Peter O’Toole interpretando a un Lawrence de Arabia torturado por la sed después de haber tomado Áqaba con una de las cargas montadas más intrépidas de la historia.

Pero el hecho de que yo sea un hombre entregado a la molicie y la comodidad no significa que, como dije al principio, no considere necesarios este tipo de actos. La jura de bandera fue una de las liturgias centrales de la mili, lo que significa que fue un elemento simbólico fundamental en ese proceso que se ha llamado la nacionalización de las masas. Es decir, en la conversión de un hato de meros súbditos en un grupo cohesionado de ciudadanos. Porque la bandera representa a la nación -con sus leyes y su unidad-, no a la figura de un presidente o monarca, por muy benemérito que este sea (como es el caso de nuestro Felipe VI, que Dios guarde).

El factor simbólico es muy importante en una nación. La rojigualda no es un trapo, como dicen los esnobs para epatar a los que se dejan. Más bien es un logo sagrado que representa todo lo que somos y lo que queremos ser. Por eso uno de los grandes errores de la II República fue cambiar la bandera y romper el vínculo emocional que millones de españoles habían establecido con este símbolo a través de las juras. Sin una bandera de todos fue imposible todo lo demás, por muy positivas que fuesen algunas propuestas. A los trapos, como a los perros, se les termina queriendo más que a las personas.

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