CUANDO éramos niños y llovía, nuestras madres nos obligaban a ponernos las katiuskas para que pudiéramos pisar los charcos sin mojarnos los pies. Luego, con el tiempo, la mayoría de nosotros hemos hecho lo mismo, aunque en sentido figurado, y sin esas botas de agua, y nos hemos dado cuenta, unos más y otros menos, de las desagradables consecuencias que acarrea eso de meter los pies en los charcos. Se puede tomar en sentido literal, o figurado, como se quiera.

Viene a cuento esto de las katiuskas porque hemos podido comprobar, a través de cientos de fotografías, publicadas en los periódicos, e imágenes en las pantallas de televisión, que esas botas de goma hasta la rodilla se han vuelto a poner de moda. Más que en artículo de moda, se han convertido en un complemento imprescindible en el vestuario de cualquier político que de tal se precie, y sea consciente de su ineludible obligación de visitar las zonas afectadas por las inundaciones, que nos han traído los aguaceros de los últimos días.

A pesar de las botas, o precisamente por eso, por el afán de ponérselas y enseñarlas, hay quien ha metido los pies en los charcos. Por ejemplo, la vicepresidenta primera del Gobierno, que se fue a visitar un pueblo -Palma del Río en concreto- que no se había inundado, cuando a un cuarto de hora tenía agua para hartarse, con los vecinos nadando para salir de sus casas.

La ventaja de las katiuskas, aparte de proteger los pies y los bajos de los pantalones, es que luego te las quitas, las metes en el maletero del coche, o en el fondo del armario, y si te he visto no me acuerdo. Y lo que queda son las fotos para la posteridad, como demostración gráfica del deber cumplido. Sin embargo, lo que no se puede, o no se debe, guardar en el armario -aunque todos sabemos que muchos de los que se han puesto las botas lo van a hacer en cuanto escampe- es a toda esa gente que ha tenido que abandonar sus casas inundadas, o que ha sufrido por sus campos anegados.

Eso sí, les queda el consuelo de la visita y de la palmadita en el hombro porque, con la que está cayendo, hay muchos frentes que atender, y muchos charcos que pisar. Y, por supuesto, también hay mucha gente que se quiere poner las botas, lo que pasa es que unos pueden, y otros no. Todo es cuestión de buscar nuevos escenarios en los que poder hacerse la foto, eso sí, con cara de circunstancias y compartiendo la adversidad del doliente prójimo. Pero pelillos a la mar, lo importante es que nos hemos reencontrado con nuestras viejas katiuskas.

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