Hoja de ruta

Ignacio Martínez

El otro lado del muro de Berlín

LAS dos palabras que más pronuncian los dirigentes políticos estos días son seguridad y confianza. La última vez, ayer en París los jefes de gobierno de los 15 países que comparten el euro. El objetivo es abortar lo antes posible la ansiedad colectiva que recorre el mundo. Se termina una era. Cuando en 1989 los alemanes del Este empezaron a escaparse en masa por Hungría hasta Austria, en trenes fletados ex profeso, el muro de Berlín estalló y el comunismo se hundió como un castillo de naipes en Europa Oriental. Sólo dos años después se disolvió la Unión Soviética, heredera de imperio zarista. Y se acabó el mundo bipolar que nació tras la guerra civil entre europeos de 1939 a 1945, de la que salieron vencedoras dos superpotencias: Estados Unidos y la URSS.

El triunfo de la economía de mercado se le subió a la cabeza a algunos; surgieron los ultraliberales. Lo demás fue un tobogán, la economía global, la libre circulación de capitales sin regla alguna, el dinero tan barato que los intereses eran menores que la inflación, las viviendas que multiplicaban su precio. Estos días hemos presenciado el derrumbe del otro lado del muro de Berlín; se ha acabado el mundo unipolar de una sola superpotencia y el mercado como un dios sacrosanto. "Estamos metidos en esto juntos y saldremos juntos", dijo el sábado el presidente Bush tras una reunión en Washington de ministros del G7, las siete grandes potencias industriales. Ese Bush perplejo e impotente no era el poderoso emperador que en 2003 atacó Iraq sin el aval de la ONU. En menos de 20 años hemos visto estrellarse las dictaduras comunistas y el capitalismo ultraliberal.

Estamos en el kilómetro cero de un nuevo mundo. Así lo define Nicolas Sarkozy, que ayer fue el anfitrión de una misa en París de los 15 socios del euro. Una cumbre para infundir confianza y seguridad. Sarkozy considera que el fundamentalismo religioso, el nacionalismo, el dumping financiero y las deslocalizaciones obligan a repensar el modelo liberal puro y especulativo en el que se ha movido el mundo las dos últimas décadas. Propone la intervención pública de los mercados financieros y que el nuevo capitalismo se refunde sobre sus principios iniciales de la ética del trabajo, el esfuerzo, con equilibrio entre libertad y regla. Me apunto a la idea.

La moda de otoño es la garantía del Estado. Lo creen a pies juntillas los inversores españoles, que se han puesto a comprar letras del Tesoro y bonos del Estado, cada vez más caros aunque su rentabilidad esté por debajo de la inflación. También están los hombres de poca fe: Trueba sólo creía en Billy Wilder y hay andaluces que sólo creen en los juegos de azar. El sábado, el primer premio de la Lotería Nacional cayó en Ronda (Málaga) y el segundo en Granada. Me repito: el que no se consuela es porque no quiere.

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