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La colmena

Magdalena Trillo

mtrillo@grupojoly.com

Los males de 'La Peste'

El acento andaluz es un problema forzado; el sonido es la gran asignatura pendiente del sector audiovisual español

No recuerdo ni una sola noticia de la Galicia profunda que no haya tenido que rebobinar para entender los testimonios de los vecinos: ni vocalizan ni se sabe muy bien si hablan en castellano, en portugués o en gallego. El talento como intérprete de Luis Tosar es apabullante pero también lo pone difícil: es un terremoto hablando y su rostro hierático y marmóreo desactiva el recurso de la intuición. Con Ricardo Darín es aún peor: sin al menos veinte minutos de ambientación para activar el modo argentino, es un auténtico desafío.

No son tópicos ni prejuicios infundados; son las consecuencias de la tremenda riqueza lingüística y sonora del idioma español. Y, en buena medida, es también el resultado de uno de los grandes déficits del audiovisual: el sonido, el gran olvidado del cine. Ni se le presta atención en las universidades ni forma parte de las preocupaciones de la industria ni tiene un especial reconocimiento en el público, ¿recuerdan algún premio técnico?

Cuando presentaron La Peste en el Festival de Cine de San Sebastián, hubo más de un crítico que confesó que se había "perdido" algunas partes de los diálogos "por el acento andaluz". ¿Sólo por el acento? He visto la serie de Alberto Rodríguez del tirón, en madrugadas intensivas desde el día del lanzamiento, y no encuentro tanta distancia con los bienhablantes actores de La zona; en los dos casos he tenido que rebobinar. Son las últimas apuestas de Movistar+ para hacerse un hueco en el pujante segmento de las series de ficción -en el caso del thriller histórico de la Sevilla del XVI con un presupuesto millonario- y comparten las mismas virtudes y limitaciones que las producciones de la gran pantalla.

El director de La Isla Mínima ha realizado un esfuerzo titánico por ambientar con la mayor fidelidad la oscura ciudad de la Inquisición incorporando un asesor histórico -extraordinario el trabajo en vestuario, decorados y costumbres de la época- pero no ha tenido la misma cautela con la recreación lingüística. Lo escribía en un artículo hace unos días Alex Grijelmo recordando la figura del dialect coach -habitual en los equipos de producción anglosajona- y poniendo en evidencia errores de bulto sobre expresiones y palabras inexistentes en esa España que miraba al nuevo mundo.

Son críticas constructivas. Argumentos y reflexiones que deberían estar en el foco de la industria audiovisual y que, obviamente, nada tienen que ver con el simplismo maledicente -malafollá, en granaíno- de quienes se deleitan buceando en los estereotipos.

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