La ciudad y los días

Carlos Colón

Ni mayonesa ni clan

TRAS cambiar la hoz por la coz, el martillo por el langostino, "¡a las barricadas!" por "¡a las mariscadas!" y el rojo de las banderas por el de los caparazones de los crustáceos, el neocomunismo local se dedica a insultar a la prensa a través de la boca al parecer insaciable -de engullir, de ofender- del señor Torrijos. Mientras tanto, el alcalde y la mayoría de los colegas miran para otro lado sin hacer lo que deberían, que es condenar estos insultos y negarse a asistir, hasta que se disculpe, a las convocatorias de este señor.

Como la cosa viene de antiguo, la Asociación de la Prensa de Sevilla podría repetir, sin tomarse la molestia de reescribirlo, el comunicado que difundió hace justo un año condenando "el lamentable y antidemocrático comportamiento del primer teniente de alcalde del Ayuntamiento de esta ciudad, Antonio Rodrigo Torrijos, quien vuelve a extralimitarse en sus funciones políticas al arremeter en rueda de prensa contra periodistas y medios de comunicación sevillanos que ejercen libremente su derecho constitucional de informar y opinar sobre la actividad municipal". Recordaba entonces que "esta es la cuarta vez que la APS se ve obligada a llamar la atención sobre la actitud del concejal Torrijos ante su variada gama de ataques contra periodistas sevillanos, llegando a pedir el amparo del alcalde ante hechos parecidos, sin obtener respuesta". Pues la de ahora debería ser la quinta.

No es sólo que no se deba, es que no se puede tolerar que la comparecencia de un servidor público en el Ayuntamiento se aproveche para insultar a un medio de comunicación, su director y sus trabajadores de una forma tan grosera, motes con poca gracia incluidos. Será otra cosa, además de la afición por las cascaritas, que se le ha pegado del antiguo señoritismo (cuyos vicios parece haber asumido la izquierda) tan dado a motes y chistes. Este desprecio de la autoridad municipal hacia los periodistas no se veía desde aquellos casposos tiempos en los que cuando a un jerarca le dijeron que habían llegado los periodistas, ordenó: "Que les echen de comer".

Al poder le eran más cómodos los pobrecillos tribuletes censurados y mal pagados que hacían cierta la antigua copla: "Desgraciaíto el que come de mano ajena, siempre mirándole a la cara si la pone mala o buena". Para frustración de aquellos a los que había que mirarles a la cara, llegó la democracia, con ella la libertad de información, y hace tiempo que los periodistas ganan lo suficiente para no tener que comer de mano ajena.

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