La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

La mejor versión de Sevilla

Los cuadros de Laffón pueden figurar en esa selección de patrimonio material y de hitos que libran a la ciudad del feísmo

Carmen Laffón

Carmen Laffón / M. G. (Sevilla)

PIENSE unos instantes qué personas, momentos, sitios o instituciones considera que representan la mejor versión de Sevilla, aquella que debería ser conocida por todos, sobre todo por quienes nos visitan. Olvide por unos momentos la galería de los horrores que todos conocemos de sobra y que se resume en esa ola de feísmo que empozoña desde la arquitectura hasta las manifestaciones plásticas, pasando por supuesto por el vestuario de una sociedad que, sencillamente, está desvestida.

En esa selección que compendia la mejor Sevilla puede estar un paseo por los jardines del Alcázar, el sabor de una yema de San Leandro, una tertulia con Ismael Yebra, la paz de tantos monasterios desconocidos de la capital y la provincia, el retorno de una cofradía de negro con escaso pero suficiente público, las miradas que estos días miles de personas han dedicado al Gran Poder, la vista general de la ciudad y el Aljarafe desde la última planta del rascacielos, la trama urbana de la judería, tan grata para el caminante los días de calor; la pareja de la hermanas de la Cruz que acude a cumplir con sus labores en el domicilio de alguien impedido, las glorietas del parque de María Luisa donde todavía se ofrecen libros, una taberna de las de siempre sin sofisticaciones y con camareros con oficio, un café en el patio del Real Círculo de Labradores, antiguo convento de San Acacio; un paseo matutino a la vera del río, una visita en pleno agosto al Museo de Bellas Artes, la película Semana Santa de Lebrón, Gutiérrez Aragón y Colón, el Patio de los Naranjos cuando repican las campanas de la Giralda, los comedores sociales, los mimos de Andex a los niños, un funeral en el Hospital de la Caridad, y, por supuesto, los cuadros de Carmen Laffón.

Su pintura es como era ella: exquisita, serena, discreta. Vivió tratando de capturar el tiempo con los pinceles, concibió esa labor como una suerte de sacerdocio. Nunca se dio lustre, huyó del protagonismo con obsesión. “Si quiere le cuento mi vida, pero no creo que le interese a nadie”, me dijo una vez. Su precioso cartel de la Macarena fue avanzado por este periódico. Lejos de molestarse quiso hacernos saber que estaba muy agradecida porque había aparecido muy bien reproducido y explicado, prueba de que cuidaba todos los detalles una vez acabada la obra, desde la luz hasta el caballete. Atrás quedarán para siempre sus desayunos plácidos en el bar La Candelaria, donde también parecía atrapar el tiempo. Sevilla ha sido mejor con Laffón. Las nuevas generaciones deberían saberlo. Ahora, doña Carmen, sí que interesa su vida y su obra. La ciudad deberá cuidar siempre la luz de sus cuadros. El mejor homenaje a una señora con estilo.

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