La ciudad y los días

carlos / colón

¡Cómo lo miraban!

UNA fría mañana gris de esta primera semana de diciembre. En los espontáneos collages cubistas formados por la superposición de convocatorias junto a las puertas de las iglesias, las de los cultos a la Inmaculada se superponen a las de la Presentación y la Amargura. Muchos escaparates están ya puestos de Navidad. Los alumbrados, aún sin estrenar, se columpian mecidos por un vientecillo cortante. Los transeúntes van exageradamente abrigados, como si hubieran aguardado con impaciencia, tras seis meses de calor, lucir sus galas invernales. Tienen el aire de esas señoras que solo sacan el astracán o el visón de Jacinto Pérez Rey para dos o tres efemérides al año, sobre todo para la Función Principal de su hermandad, por lo que tienen un raro olor a naftalina e incienso. En la calle Cardenal Spínola hace un frío antiguo, de corros en torno a bidones en los que arde una candela, de calentarse las manos apretando el cartucho de calentitos, de sabañones, de ir al colegio con pasamontañas y guantes de lana. Un frío tan antiguo que, al pasar ante su casa, parece que podría estar Rafael Laffón tras la ventana, en la camilla, escribiendo con su tan personal letra temblorosa un verso de Adviento de la angustia.

Los árboles de la plaza apenas amarillean todavía. El vendedor que ha diseminado ordenadamente su mercancía de almanaques píos junto a la puerta de la Basílica se frota las manos y la señora convertida por la necesidad en la profetisa Ana, la viuda que nunca se alejaba del Templo, ha dejado sola su silla limosnera para buscar refugio en el cálido atrio. En el interior, a esta hora temprana y en esta mañana gris y desabrida, unas treinta personas de todas las edades están sentadas en silencio, con los ojos fijos en el Señor del Gran Poder, esperando que les llene esa dulce sensación de ser mirados por Él, de que su oración en forma de mirada sea acogida y devuelta por el Señor. Allí se va a mirar y a ser mirado, a reconocer y a ser reconocido, a hablar y a ser oído sin ruido de palabras.

¡Cómo lo miraban, Dios mío, cómo lo miraban! Una muda conversación de miradas iba y venía de los quietos devotos al Señor y de Él a ellos creando un silencio sagrado, como cuando en la Madrugada su llegada va anegando plazas y calles en una marea de temor sagrado y divina ternura. De forma espontánea, allí se cumple lo que parece haberse olvidado: solo en el silencio se puede oír a Dios.

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