puntadas con hilo

María José Guzmán

Las miserias por barrer

La huelga de Lipasam destapa hábitos adquiridos en otra época que hoy resultan inmorales gobierne quien gobierne.

LAS huelgas, las de la basura y todas, tienen sus costes. Uno ese económico y parece que éste no va a ser muy elevado cuando se hagan las cuentas. Pero hay otro intangible: estas protestas siempre marcan un antes y un después. Juan Ignacio Zoido respira como si hubiera superado el examen de su vida, al menos él cree que será el más difícil. ¿Sí? Todavía quedan dos años de mandato y la lista de rebeldes crece en la Plaza Nueva.

El alcalde se siente satisfecho porque ha ganado el pulso a los huelguistas y porque ha marcado el camino de su gobierno: su pretendido sello de austeridad, transparencia e igualdad de oportunidades. Si Rojas Marcos fue el alcalde que se enfrentó, cara a cara, con los bomberos y los basureros en la Feria y Monteseirín, el que fue auxiliado por su partido para frenar la huelga de Tussam, Zoido piensa que será recordado no sólo como el primero que aguantó un paro de Lipasam de once días, sino como el que limpió la bolsa de empleo y acabó con privilegios de un colectivo premiado a golpe de huelga.

El mandamiento

Zoido quizás pueda atribuirse también el mérito de haber sido el primero en retrasar dos años la ruptura de la paz social gracias a sus tres virtudes: la firmeza, la prudencia y la falta de soberbia. Eso dice y éste ha sido el mandamiento repetido día tras día a su gabinete de crisis. Y también el primero en sacar a flote las miserias de años de bonanza y despilfarro que otorgaron a estos trabajadores un plus que antes era envidiable y hoy, en estos tiempos de crisis, es inmoral.

La jugada le ha salido bien a Zoido. Según su equipo porque estaba muy meditada. Horas y horas de estudio y seguimiento de otras huelgas como las de Jerez o Granada a le sirvieron a Zoido para saber marcar los tiempos. Y se esperaron ocho días hasta vislumbrar el momento más blando de los sindicato, convencidos ya de que el vandalismo se le había ido de las manos. Y dicen que él nunca desfalleció y que, a pesar de las tournées que sulfuran a la oposición, el alcalde estuvo presente de una forma u otra en todas las negociaciones, manteniendo un nivel muy alto de exigencia con los suyos. Varias llamadas o encuentros diarios hasta el día de la primera reunión de negociación, el octavo de la huelga, que almorzó y cenó con su gabinete de crisis tras dictar las líneas del preacuerdo que debía alcanzarse. El segundo día de contactos desayunó con ellos tempranísimo y dicen que fue clave en el momento más complicado de la huelga, cuando la asamblea tumbó el primer acuerdo. Uno a uno fue animando, cual padre de familia, a los miembros de su equipo. Y cuando todos se vinieron arriba dio una última orden: no admitir el pago de los días de huelga.

Cobrar por no trabajar

¿Cómo? ¿Eso se paga? ¿O se pagaba? No hay libro de contabilidad ni registro que pueda demostrarlo, pero sí la constancia de que es una vieja treta que los sindicatos utilizan a última hora para tener un plus más que ofrecer a la asamblea, sobre todo, si las cesiones no han sido generosas. ¿Cómo se paga? Quizás en horas extras que no corresponden a los trabajadores tras la huelga. Un ejemplo: la huelga de Lipasam del año 2000 duró cuatro días y se tardó en poner la ciudad en orden más de una semana, a base de horas extras, generalizadas a toda la plantilla. La última ha durado once días y todos se han comprometido en borrar su rastro en el mismo plazo, una semana.

Cuando este tema se puso sobre la mesa, también hubo firmeza para rechazar el intento. Y ahora se calcula que la habrá también por parte de los capataces, que han perdido ya un 8% de su salario, los encargados de vigilar los turnos y apuntar quién trabaja y cuántas horas. Sólo uno secundó el paro.

Maza, en silencio

Los sindicatos no han estado finos en todo el proceso. Con más pericia hubieran evitado airear muchas de las miserias de Lipasam. Desde la costumbre de cobrar horas extras a las verdaderas razones para aferrarse a una bolsa de empleo cerrada y compuesta en un alto porcentaje por familiares y personas vinculadas directamente a trabajadores. El comité, muy ocupado con sus rivalidades internas, confió demasiado en su experiencia. En esta huelga se han roto muchos esquemas. Y eso que Jesús Maza se lo advirtió. A este hombre de Zoido se encomendó todo el trabajo previo a la negociación, antes y después de la huelga. Desde el primer día del paro, Maza estuvo en contacto permanente con el comité de empresa y, cuando la asamblea tumbó el preacuerdo, volvió a repetirle a los sindicatos que si aquello era una puesta en escena para ganar tiempo se habían equivocado.

Las soluciones de Espadas

La huelga ha dejado al descubierto mucha mezquindad, actitudes desproporcionadas de un colectivo que ha perdido todo su crédito ante la opinión pública y que ahora tendrá que sacar brillo a su imagen. Aunque en una plantilla de 1.500 trabajadores haya muchos que injustamente estén sufriendo este desprecio de la calle. Y se ha perdido por el camino la oportunidad de la oposición de ganar en el juego de las sillas, de no equivocarse de asiento y caer de bruces al suelo. ¿Por qué Juan Espadas, o incluso Antonio Rodrigo Torrijos, que tiene mucha más experiencia, no preguntaron al alcalde qué hacía falta para reconducir el conflicto cuando éste se inició? El líder socialista quizás pensaba que su opinión poco o nada importaría al alcalde de la histórica mayoría absoluta. ¿Cómo hubiera desactivado la huelga Espadas? Quizás cediendo en la rebaja salarial a costa de recortar drásticamente el salario del gerente y los cargos intermedios. ¿Y eso solo soluciona el problema? Una idea demasiado populista para quien critica al alcalde precisamente por buscar estas oportunidades.

No era fácil, pero se ha puesto freno a hábitos y conductas inmorales alimentadas en otras épocas tanto por el PSOE y por IU como por el PP, que también gobernó en coalición antes. Los triunfos también se podrían haber repartido. Pero ya es tarde.

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