¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Ha nacido un 'murillo'

Cada vez que se descubre un nuevo 'murillo' como el de la Caridad deberían repicar las campanas de la Giralda

Hubo un tiempo en que tener un Murillo en casa era como poseer un blasón de piedra en la fachada, un motivo de orgullo y vanidad familiar. No deja de ser paradójico que la ya muy difuminada aristoburguesía sevillana, que normalmente militaba en el pietismo religioso, aprovechara la desamortización -una expropiación en toda regla de los bienes religiosos impulsados por impíos y masonazos- para decorar sus casas urbanas, haciendas y cortijos. No fueron precisamente los ateos los que saquearon los conventos e iglesias de España en el XIX (eso fue más bien en el XX, con dinamita incluida). Es por esto que muchas habitaciones de las mansiones con un mínimo de rancio abolengo desprende a veces un deprimente aroma a sacristía o, cuando el gusto escasea alarmantemente, a barra de bar cofrade. Pero hay algunas piezas de estos salones y alcobas que brillan de una forma especial, que redimen al visitante de tanto exceso de gore, de ecce homos cenicientos, de santas desencajadas por el éxtasis, de mártires olvidados exhibiendo las herramientas de su tortura. Son las obras de los grandes maestros, entre ellos el gran Murillo. El pintor barroco fue una obsesión para los pudientes sevillanos, muchos de los cuales solían presumir de tener uno de sus óleos en casa, fuese o no cierto. Murillo, como una ganadería de toros bravos o una querida, fue símbolo de prestigio. El problema era cuando, como se ha repetido hasta la saciedad, había que vender y el experto tasador les decía que aquello de lo que habían presumido durante generaciones no era más que una copia del XIX de algún discípulo de Cabral Bejarano.

Pero sí existen murillos aún por descubrir, tal es la riqueza de esta ciudad inagotable como un juego borgiano. Quizás ya no se encuentren en El Jueves, pero sí en casas y sacristías, donde habían permanecido anónimos, tapados por la suciedad, el olvido o una mala restauración. El último ejemplo se ha encontrado en el presbiterio de la Iglesia de San Jorge del Hospital de la Caridad, bombonera del arte sevillano que nunca deja de sorprender. Gracias a una restauración del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico y a las investigaciones de Rocío Magdaleno y el incombustible Benito Navarrete se ha podido determinar que el cuadro Nuestra Señora de Belén fue pintado por Bartolomé Esteban, quien probablemente lo copió de una obra de Ribera que actualmente se encuentra en el Philadelphia Museum Art (ay dolor). Enhorabuena, pues, a la hermandad y a los investigadores. Al que le interese el tema se puede pasar por la calle Temprado, donde está expuesto el cuadro. Cada vez que nace un nuevo murillo en Sevilla deberían repicar las campanas de la Catedral. Como no lo han hecho en esta ocasión, ahí va nuestro entusiasta toque: tolón-tolón-tolón.

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