Los niños no feministas
Los muros del colegio, un colegio público, están decorados con rostros de mujeres virtuosas, algunas célebres en vida, otras injustamente preteridas o menos reconocidas de lo que merecieron. Marie Curie, Valentina Tereshkova, Carmen Martín Gaite... No hay retratos de un hombre loable en ese patio. Mira a estos muros un observador, digamos imparcial, perspicaz e informado del entorno, pero que no pertenece a la comunidad política en cuestión. Entiende rápido que, si allí sólo se han retratado mujeres, no es porque no haya hombres meritorios, sino porque hasta fechas no muy lejanas a las mujeres se les privaba de igual oportunidad para acceder a la excelencia y, salvo pocas excepciones, sólo el mérito masculino era usado como paradigma dentro y fuera de las aulas. A nuestro observador, no obstante, le surge una duda sobre la equidad de esa práctica, ya que considera que los niños de hoy no deberían compensar la discriminaciones del ayer, como si éstos, por las miserias o privilegios de sus mayores, estuvieran marcados por una suerte de pecado original. El observador, disciplinado, ha accedido a informes que corroboran que las probabilidades de que esos niños solventen de forma brillante sus estudios son bastante menores en comparación a sus compañeras, mientras que, en cambio, cuentan con muchas más papeletas para el fracaso escolar, el abandono de los estudios o, en el peor de los casos, adquirir pésimas adicciones o delinquir. Pese a entender que es bienintencionada la decisión de cubrir los muros de aquel colegio con ilustres rostros femeninos, a nuestro espectador se plantea hasta qué punto una política así no sea testimonio de una orientación general errada, que desprecie ahora la importancia de modelos en la formación de los varones. Atraído por la curiosidad, el observador accede a un estudio del Barómetro juventud y género y comprueba que más de la mitad de los varones jóvenes tienen una percepción negativa del feminismo, algo que comparten con casi un 45% de las mujeres de su edad. Nuestro testigo recuerda cómo anticlericalismo histórico de la comunidad a la que observa fue forjado por quien estudió en aulas clericales. El celo por una ortodoxia moral en las escuelas puede ser dialéctico, piensa por un momento, aunque, como es pragmático, no se atreve a conjeturar. En cualquier caso, sí saca en claro algo, los niños varones necesitan autoestima y para ello referentes. Si nadie los interpela desde la virtud, se dice, lo estará haciendo con éxito, desde el nihilismo o la antipolítica, cualquier activista digital sin escrúpulos.
También te puede interesar