¡Oh, Fabio!

Luis / Sánchez-Moliní

A por nueces

EL País Vasco, que fue proveedor oficial de la Corona de buenos funcionarios, soldados y navegantes, hace ya mucho tiempo -desde el inicio de la primera Guerra Carlista, en 1863- que se convirtió para España en uno de esos padecimientos dolorosos, pero no mortales, que hay que intentar llevar con dignidad. Como muy bien ha apuntado el siempre fino analista de la actualidad Enric Juliana, los joviales vascos, pese al millar de muertos que le han regalado a la Democracia, caen bien en el resto de la nación, mientras que los catalanes suelen irritar con su idioma nasal y sus intereses de tenderos. Iberia comprende mejor los tiros que los documentos mercantiles.

El PNV, por boca de Íñigo Urkullu, ya ha dicho que condicionará cualquier apoyo a la investidura de Rajoy a la negociación de la llamada agenda vasca; a saber: el acercamiento a sus aldeas de los 300 terroristas vascos diseminados por 47 penales de toda la geografía española, ayudas a la reactivación económica y el compromiso de Madrid a aceptar la reforma del estatuto que se acometerá durante la próxima legislatura vasca. Quédense sólo con la primera página de la agenda y olviden las otras dos, que todavía van de relleno.

¿Por qué este empeño del PNV en aliviar la situación de unos terroristas que sembraron España de dolor y tensión política? Hay dos razones: una más coyuntural y política, y otra más profunda e inconfesable, por lo menos al sur del Ebro. Derrotada policialmente ETA, ese tumor creado por el nacionalismo y la izquierda radical vasca, el PNV quiere quedarse definitivamente con la clientela abertzale que ha quedado parcialmente huérfana (EH Bildu apenas ha sacado dos escaños y el 13% de los votos) para frenar en las próximas elecciones autonómicas vascas de otoño a Podemos, formación totalmente extraña al rancio imaginario nacionalista que ha ganado en este territorio tanto en escaños (6) como en sufragios (29%).

¿Y la razón inconfesable? Seamos francos: el PNV nunca ha visto a los miembros de ETA como a unos fanáticos asesinos, sino más bien como a unos alocados chicos errados en sus métodos y demasiado dados a las extravagancias ideológicas, como el comunismo-albano y otros juegos del marxismo yeyé. Nunca hay que olvidar la famosa frase del colérico y castizo Xabier Arzalluz: "No conozco de ningún pueblo que haya alcanzado su liberación sin que unos arreen y otros discutan", que precedió a la muy repetida: "Otros mueven el árbol y nosotros recogemos las nueces". En eso están ahora, en recoger nueces.

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