La esquina

José Aguilar

El obispo y Cayo Lara

SER obispo no garantiza la ecuanimidad de juicio ni la solidez de criterio en todos los asuntos. Ser jefe principal de un partido político, tampoco. Lo han demostrado cumplidamente el obispo de Alcalá (de Henares), Juan Antonio Reig, y el coordinador general de Izquierda Unida (de España), Cayo Lara.

Monseñor ha afirmado que la violencia contra la mujer se produce sobre todo en procesos de separación y litigio de la pareja, "de manera que los matrimonios canónicamente constituidos tienen menos casos de violencia doméstica que aquellos que son parejas de hecho o personas que viven inestablemente". El camarada Cayo, en su réplica, se ha ido al otro lado de la barricada ideológica al asegurar que la violencia machista está vinculada a la educación religiosa recibida. La prueba: que en el matrimonio católico el sacerdote emplea la fórmula "hasta que la muerte os separe", de donde deduce una incitación a matar al cónyuge. ¡Qué difícil resulta decidir qué tontería de las dos es más gorda!

No hay evidencia empírica ninguna que avale cualquiera de estas dos tesis. Probablemente es mucho pedir que estos personajes transidos de ideología acepten así como así confrontar sus prejuicios con la realidad de los datos. Quizás se quedarían sin ese discurso precientífico que les permite sermonear a la gente y repartir credenciales a golpes de maniqueísmo. El obispo Reig todavía cree que casarse por la Iglesia vacuna contra el maltrato a la mujer y que la bendición que imparten sus sacerdotes es un antídoto contra el machismo que conduce al horror doméstico. El coordinador Lara aún piensa que el matrimonio civil o el emparejamiento sin papeles representa una forma superior de amor que borra cualquier posibilidad de que el hombre descargue su frustración, su sentimiento de posesión o su agresividad sobre la mujer.

Ninguno de los dos, ni el confesional ni el laico, escapa a las exigencias del pensamiento dogmático, ese que divide al género humano en buenos y malos sin remisión ni trasvase, siendo los buenos los de la casa propia y los malos los de la casa ajena. La vida enseña lo contrario: la ideología no garantiza por sí sola la bondad o la maldad de nadie, las convicciones de una persona apenas sirven para calibrar su calidad individual, las afiliaciones y pertenencias no afectan a las profundidades de la condición humana. Muchos menos determina la acción de alguien el hecho de que se haya casado pasando por la vicaría o por el registro civil. Quien martiriza a su mujer o le quita la vida es un criminal, independientemente de su clase social, sus ideas o su relación con Dios.

Los entornos sociales, familiares y culturales influyen en la violencia doméstica, cómo no. La boda civil o religiosa, para nada.

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