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¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Los paraísos prohibidos

La veda del tabaco en el Parque de María Luisa visualiza mejor que nada el afán prohibicionista actual

Un fumador en la Plaza de España.

Un fumador en la Plaza de España. / Antonio Pizarro

TODO parque, y si es el de María Luisa más, tiene algo de paraíso perdido, de nostalgia edénica, de jardín primigenio en el que es posible una vida regalada y placentera, como la que tuvieron nuestros primeros padres antes de que, como defiende Paco Peña –profesor de la Universidad de British Columbia–, Eva le ofreciese “un higo” al buenazo de Adán. Los parques, también, tienen su reverso oscuro y pueden ser lugares a caballo entre el lupanar y el fumadero de opio, solares propicios para el vicio. En sus Memorias de un antihéroe, Javier Salvago recuerda su época de estudiante de Magisterio entregado a la molicie, el porro y el mollate. Fue en el Parque de María Luisa donde conoció a un tipo que se hacía llamar Dogo, una especie de gurú presocrático que lo embaucó con sus filosofías y sus petas. Por su parte, Fran Matute, erudito en modernidades hispalenses, en su libro Esta vez venimos a golpear, recuerda que los parques sevillanos fueron el lugar donde la incipiente contracultura de la ciudad encontró un remedo de las doradas playas de California, la jauja en la que entregarse al libre amor, el colocón y la desobediencia civil. Hoy, en los innumerables senderos, avenidas y prados del que Zoido soñó como el Central Park hispalense –los políticos y sus delirios de grandeza– hay más runners que hippies, pero pervive algo de la utopía melenuda en el lejano sonido de una guitarrita o en los olores a cáñamo de los hombres chimenea.

Como saben, el Ayuntamiento, con el apoyo de todos los grupos políticos, ha prohibido fumar en la Plaza de España y el Parque de María Luisa. Pocas veces se visualiza de una manera tan nítida el afán prohibicionista que se ha apoderado de nuestra sociedad. La medida es totalmente absurda e inaplicable, por lo que el Ayuntamiento hará el ridículo cada vez que un pollo encienda un marlboro o una choni se líe un pitillo. No hay nada que desacredite más a una norma y a la institución que la aprueba que la imposibilidad de su aplicación. Aparte está la más que dudosa moralidad de una prohibición que trata a los ciudadanos como menores de edad. Fumar es malo para la salud, claro que sí, como comer fritos, beber Pacharán (esto es especialmente grave) o tomar en exceso el sol, pero los contribuyentes ya somos mayorcitos para evaluar si nos merece la pena o no entregarnos a esos vicios. Mientras no cometamos un delito, o molestemos o perjudiquemos a alguien –desde luego, fumarse un cigarrillo en un parque no lo hace–, nadie deberíamos prohibirnos nuestras debilidades carnales.

Me están dando ganas de volver a fumar sólo por llevarle la contraria a unos concejales que se han creído emperadores de Roma en vez de simples ediles de provincia. El de María Luisa ha dejado de ser el paraíso perdido para convertirse en el paraíso prohibido.

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