La esquina

josé / aguilar

El partidismo corrompe

SON bienvenidas, cómo no, las propuestas de regeneración democrática que se formulen con voluntad sincera, así en Sevilla como en Madrid. Las que desgranó Susana Díaz en su discurso de investidura y las que está preparando el Gobierno a nivel nacional. ¿Cómo oponerse a un mayor control de los cargos públicos, una vigilancia más estricta de las finanzas de los partidos, el endurecimiento de las penas por delitos de corrupción o la transparencia de las administraciones?

Es imposible evitar que la gente se corrompa y se aproveche ilícitamente del ejercicio del poder o de su proximidad política, familiar o amical al mismo, pero es posible, necesario e incluso imprescindible que el Estado democrático se dote de todos los instrumentos legales precisos para minimizar los daños. Para que la corrupción sea la anécdota que se descubre y sanciona y no el estado natural en que se desenvuelve la actividad política.

Ahora bien, no nos engañemos. La corrupción nace de la naturaleza humana y crece y se desarrolla si el marco normativo es tan benévolo que abre de par en par las puertas a los aprovechados, pero el aceite que la engrasa es la falta de voluntad real de perseguirla. O la voluntad selectiva, esa que hace que cada partido guarde el rigor para los corruptos que militan en el bando contrario y aplique la manga ancha con los corruptos propios. Como he escrito otras veces, esta doble vara de medir, tan perniciosa, se debe al sectarismo y el clientelismo con que funcionan los partidos en España.

Dicha esquizofrenia política, pero también moral, es lo que explica que una trama de expolio millonario de fondos públicos como la de los ERE andaluces se prolongue durante diez años y no se le ponga coto hasta que la Justicia, previa denuncia de la oposición, se decide a investigarla (¿acaso nadie tuvo noticia alguna de lo que se hacía en la Dirección General de Trabajo de la Junta? Simplemente, miraban para otro lado). Es lo que explica también que Mariano Rajoy protegiera al ex tesorero felón -como él lo definió mucho más tarde, el pasado 1 de agosto-, Luis Bárcenas, cuando ya estaba imputado en el caso Gürtel y se conocían sus cuentas en Suiza, garantizándole sueldo, secretaria y despacho. Era uno de los suyos. Como Guerrero era del PSOE andaluz.

Si sigue imperando el patriotismo de partido, ni mil leyes que se hagan acabarán con la corrupción.

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