Fragmentos

Juan Ruesga Navarro

Ya han pasado veinticinco años

EN ocasiones busco en páginas especializadas en efemérides, alguna referencia de interés relacionada con Sevilla o con algún personaje vinculado a nuestra ciudad. Esta vez no me hace falta. La fecha y el acontecimiento los tengo en mi cabeza marcados como una experiencia inolvidable. El 20 de abril de 1989 tuvo lugar en la Plaza de España el gran espectáculo de presentación de Curro, la mascota de la Expo 92. Una magnífica excusa para celebrar una fiesta que anunciara a los sevillanos que quedaban tres años para inaugurar la Exposición Universal que se iba a celebrar en nuestra ciudad. Tuve la fortuna de participar en la idea y realización del acto. Desde los primeros guiones estuvo claro que el lugar adecuado era la Plaza de España, el edificio símbolo y legado de la Exposición Iberoamericana del 29. Si conseguíamos establecer un vínculo emocional entre las dos exposiciones, movilizar a los sevillanos estaría más cerca. Y ese fue el objetivo, creo que alcanzado con éxito, si tenemos en cuenta la afluencia de espectadores que acudieron al Parque desde primeras horas de la tarde.

La magnitud artística y técnica del espectáculo y las implicaciones de todo tipo nos abrumaron durante los meses de preparación. El equipo artístico y humano que se conjuntó para aquella ocasión, fue excepcional. Música. Iluminación espectacular. Proyecciones. Fuentes en la ría. Escenografía, actores, figurantes, efectos especiales, fuegos artificiales. Un pequeño anticipo de todo aquello, innovación y espectáculo, que la propia Expo nos prometía. Las dificultades fueron muchas. Basta con un ejemplo: algunos de los focos que se utilizaron no existían cuando empezamos a pensar en los efectos.

Llegó el día y pasó felizmente con éxito la jornada. A medianoche nos reunimos los responsables de todos los equipos artísticos, técnicos, de producción, de seguridad y nos miramos unos a otros con caras de satisfacción por lo conseguido y alivio pensando en todo lo que podía haber salido mal. Nos abrazamos. Cada uno de nosotros llevaba una camiseta del color que identificaba nuestro cometido. Entonces apareció Jacinto Pellón, nos dio la enhorabuena y con una media sonrisa nos dijo que el no tenía camiseta de colores y que quería una. Nos relajamos. Sentí hambre. Los nervios no me habían dejado comer en todo el día.

Todo lo relacionado con la realización de la Expo fue de tal dimensión que nos puso a prueba. La inauguración de la muestra fue un Domingo de Resurrección. Un 19 de abril, casi como ayer. La mañana del Viernes Santo, todos los equipos de los pabellones y del funcionamiento general estábamos en la Expo, ultimando detalles. Desde la terraza del Pabellón de Andalucía, se oían por la Resolana los sones de las marchas procesionales que acompañaban a la Macarena. Estábamos a pocas horas de cumplir con nuestra intensa tarea de los últimos tres años. Mirar hacia atrás en ocasiones abruma. ¿Ya han pasado veinticinco años de aquella noche en la Plaza de España? Yo todavía siento a veces un cierto escalofrío, quizás del relente de aquella noche de abril.

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