La preocupante banalización de la política

UNO de los fenómenos más llamativos de estos días preelectorales está siendo la banalización -si no la total desaparición- del discurso político en favor de una narración, generalmente televisiva, que se centra en los aspectos más anecdóticos de los pensamientos y la vida de los cabezas de lista. No es que tengamos nada en contra de que los políticos acudan a los programas de TV para tocar la guitarra, bailar un tema de moda, jugar al ping-pong o cocinar su plato favorito; pero sí nos resulta preocupante que sean estas actividades las que centren la atención del debate público en medios de comunicación y redes sociales en unos momentos en los que los retos son múltiples y graves tanto en el ámbito nacional como en el internacional: el terrorismo yihadista, el desafío independentista catalán, la precarización del empleo, el calentamiento global, etcétera. Muchas veces, es más fácil saber cuál es el color favorito de un determinado líder político que su opinión sobre la sostenibilidad del sistema de pensiones.

Aunque desde hace ya años los sociólogos vienen describiendo el proceso de espectacularización que, en general, están sufriendo las sociedades occidentales -algo que inevitablemente va unido al desarrollo de la televisión y las redes sociales-, nunca como hasta ahora se había evidenciado de una manera tan nítida este fenómeno en la política española. Asistimos a un casi definitivo triunfo de la imagen sobre el discurso, de la anécdota frente a lo sustancial. Evidentemente, no estamos reclamando el regreso de las formas decimonónicas de la política, cargadas de retórica pomposa e inútil, pero sí de la necesidad de que nuestros políticos aprovechen los fabulosos medios de comunicación de los que hoy disponen para explicarnos con detalle cuáles son sus propuestas y soluciones para los muchos problemas del mundo actual.

En este sentido también se echa en falta una auténtica pedagogía en nuestro sistema educativo que enseñe a los ciudadanos desde la infancia a ejercer la crítica política con sentido común. Sólo desde la ignorancia o desde la absoluta falta de herramientas críticas se puede estimar que un determinado político es mejor gobernante por ser más joven (algo que incluso puede ser un inconveniente), más guapo o vestir de forma más moderna e informal. En política, al fin y al cabo, lo que cuenta realmente son las ideas de un determinado candidato y su honestidad y capacidad de gestión para llevarlas a buen término. Todo lo demás es puro envoltorio.

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