La vida es esa cosa rara que, a poco que le permitamos manifestarse en toda su incertidumbre, nos concede no ya segundas oportunidades, también la extraña sensación de hacer cosas de siempre como si fuera la vez primera. Quizá ustedes recuerden su primera bicicleta. A la mía, el rey Baltasar no le quitó la etiqueta del precio. Entre lo mucho que costó y mi poco equilibrio, le cogí un grandísimo respeto. Quedó arrumbada en un rincón de un troje y de mi memoria, hasta que una noche sevillana, veintipico años después, un amigo soñó con ella: allí seguía, en el desván. Quiso bajármela en sueños, pero pesaba. Interpreté las nítidas señales, y del tirón me fui a una bicicletería. Por segunda vez tuve mi primera bicicleta. Obviamente, me la sisaron a la semana. Volví a la tienda. Por tercera vez tuve mi primera bicicleta -esta vez de precio irrisorio-. Sevilla había desarrollado una gran red de carril bici, despreciada por unos, agradecida por otros, en esa polarización tan cansina y propia de nuestra idiosincrasia: los de la bicicultura son progres biempensantes y los del haiga, odiadores del carril, de derechas. Cuando más encendida estaba esta polémica pedestre y cotidiana, me animé -ajena a todo- a pedalear temblorosamente por las calles de Sevilla a lomos de mi primera tercera bicicleta. Agárrense que voy a pecar de chovinismo: Sevilla es la mejor ciudad de Europa para pasear en bicicleta, para regresar silbandillo y a pedales bien entrada la noche; para cambiar de paisaje varias veces en un momento (llegar en bici a Las Setas, después de ir por las angosturas de la calle Compañía, tiene algo de pasar de pantalla en un videojuego). Ciudad ribereña, sin más cuestas que los remontes de sus puentes y contadas costanillas, con circunvalación que corre a ras de río: Sevilla sin bicicletas sería un lugar inmensamente más desapacible, colapsado y contaminado.

La principal queja de los ciclistas es el estado deteriorado y peligroso de algunos tramos, con árboles en mitad del carril, baches abismales, malas señalizaciones. Puede marcarse en el mapa puntos negrísimos. La principal queja de los peatones -quitando a algún energúmeno enemistado con la vida en general- es la falta de respeto de los ciclistas. Hacer un carril bici de primera, y que sea prioridad para Urbanismo, no sólo resolvería riesgos importantes, también haría de Sevilla una de las mejores para vivir, muy por delante de otras grandes urbes. En cuanto a la educación vial de los ciclistas, en Sevilla aprendí, pedalada a pedalada, a circular con civismo. Aprendí que no se puede ir dando timbrazos, a respetar el tránsito de peatones, a explicar amablemente al recién llegado que va paseando sin querer por el carril. Se llama convivencia, y se aprende con humildad, paciencia y ganas, no con desdenes. La veteranía de la yanta y la sandalia nos guíe.

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