La ciudad y los días

carlos / colón

No hay quien te quiera

HOY la Reina por las calles de su reino. Del corazón de su reino, que no está en la ermita en la que vive desde hace tantos siglos, sino en Almonte. Podrán quererla miles de devotos andaluces y españoles todo lo que un corazón pueda querer. Pero no hay quien la quiera como los almonteños. Es un misterio este amor que tiene a su objeto a quince kilómetros de distancia y únicamente cada siete años goza de su presencia en Almonte. Si la Marta le cantó a la Macarena "te fuiste por cuatro días y tardaste siete en volver, Madre mía Macarena no nos lo vuelvas a hacer" cuando dejó su barrio para ser coronada. Si la plaza de San Lorenzo parecía sin pulso cuando el Señor estuvo en Santa Rosalía. ¿Qué no sentirán los almonteños cuando, dentro de una semana, la Virgen se vaya para no volver hasta que pasen siete años?

Pero estos son sentimientos sevillanos, no almonteños. Por eso decía que su amor por la Virgen del Rocío es un misterio para los demás, algo propio de ellos que los demás sólo podemos intuir. La presencia de la imagen, tan importante para nosotros, parece secundaria para ellos. No sólo porque esté cerca y vayan muchas veces a verla a la aldea, sino por su presencia en Almonte cuando está ausente. Una presencia en los corazones y las memorias. Una presencia de certeza absoluta. Una rara forma de fe popular que no necesita ver para amar. Los demás somos Tomás. Necesitamos ver. Necesitamos hasta tocar. Por eso la Macarena inventó los besamanos y el Señor del Gran Poder ofrece su talón todos los días del año. La Virgen del Rocío ni tan siquiera tiene besamanos. Sólo tuvo un besamanto el uno de junio de 1952 "con el fin" -decía la convocatoria- de que "los buenos rocieros" posen sus besos "sobre este manto, que este año es el último que lleva sobre sus hombros Nuestra Madre", porque en los talleres del Convento de Santa Isabel se estaba bordando el soberbio manto de los Apóstoles.

Existe una admirable proximidad de corazón y vida entre los almonteños y la Virgen, a la vez que una aún más admirable distancia sagrada entre ellos y la imagen. Esta distancia sagrada solo se rompe cuando la llevan. Y esto es lo más hermoso. Cuando los almonteños se acercan más a la Virgen es para mostrarla a todos y compartirla con todos. Como hoy harán por las calles de Almonte -la Reina en el corazón de su reino- llevándote, Paloma, como no hay quien te lleve. Y eso es, Madre mía, porque te quieren.

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