Jose Manuel Aguilar Cuenca

La renuncia del bufón

La tribuna

11 de enero 2010 - 01:00

ESTAMOS al comienzo de un año pero, aún más importante, al comienzo de una década. Como regalo de despedida el último día el comediante José Mota intentó entretenernos con un programa de televisión, en donde repasó alguna de nuestras preocupaciones. Reconozco que me hizo reír, así como acepto que resulta inevitable que estos programas acumulen tantos agujeros como aciertos. La mediocridad siempre ha ido de la mano del genio. De todo el programa me quedo con el pasaje en donde dos jueces, representantes de las altas instituciones judiciales de nuestra nación, protagonizaban una pelea en el barro.

El humor siempre ha usado la metáfora, aunque en los tiempos que corren uno se plantearía si realmente aquella escena era tal y no un fiel reflejo. El humorista busca que su público sonría mostrando escenas desde una perspectiva diferente a la habitual pero, al contemplar el programa, quedé pensando hasta qué punto el comediante estaba usando semejante recurso o, simplemente, se limitaba a mostrarnos lo que realmente está ocurriendo.

Verdi hizo reflexionar al bufón jorobado Rigoletto, en su encuentro con el asesino Sparafucile: "¡Somos iguales! Yo con la lengua y él con el puñal. ¡Yo soy el hombre que ríe, él el que mata!". Afortunadamente, hace tiempo que el oficio de bufón dejó de ser oficio de riesgo (¡eso dicen!), pero no ocurre lo mismo con aquellos que, sin ampararse en su oficio, muestran la realidad desde otro punto de vista. No para el juez de familia de Sevilla Francisco Serrano, secundado en sus críticas a la actual situación judicial por el juez del Juzgado de Primera Instancia número 8 de Gijón y por la magistrada del Juzgado de Primera Instancia número 44 de Barcelona, Gemma Vives. Recordar ahora que las primeras fueron otras tres mujeres libres: María Sanahuja y María Poza, jueza decana y magistrada en Murcia, respectivamente, y María Jesús García, la que fuera titular del Juzgado de Violencia sobre la Mujer número 1 de Santander. A ésta última sus críticas le hicieron merecedora de una multa 3.000 euros.

A estos profesionales se han sumado muchos. Unos públicamente, otros de forma anónima. Javier Díaz, abogado penalista de Gijón, acaba de publicar un atinado artículo invitando a sus colegas femeninas que han apoyado a los magistrados anteriores desde el anonimato a abandonar semejante actitud, sin que sirviera como argumento: "Por miedo a levantar recelos entre los colectivos feministas". ¿Miedo a qué? ¿A la hoguera? Con la que está cayendo este invierno me parece un lugar acogedor.

A muchos de mis pacientes les planteo que algo con una apariencia tan inocente como comprar un periódico es un acto político. No hace falta votar, ir a un mitin o estar afiliado a uno u otro partido para llevar a cabo actos políticos. Elegir entre comer carne o pescado ya es decantarse. Si el bufón, el ser más insignificante de la corte, por lo general malformado, pequeño, de salud quebradiza y pobre, no renuncia, cómo permitirlo en aquellos que hemos decidido leer, escribir, inventar, estudiar, investigar, soñar, juzgar o enseñar.

Una nueva década empieza y, por más que no quieran algunos, nos hará avanzar. Tal vez a saltos, tal vez a trompicones. Tras diez años de fantasías animadas de ayer y de hoy, la cruda realidad de la crisis. Tras cantos de sirena de políticos bienintencionados, la verdad de los hechos, la crítica a un modelo legal injusto, el esperpento ante millones de vacunas inútiles, ante un tribunal competente que no quiere juzgar una norma jurídica que es de su competencia, la fosa vacía del poeta, la oposición complaciente para no ser descalificada, el gobernador que no cree en el Estado, las listas políticas que no sentimos nos representen. El hartazgo, producto de una época en la que el esperpento diario de la conducta de nuestra clase política nos ha robado hasta nuestro derecho a sentir hastío, porque todos son iguales y parece que todo da lo mismo.

Los que las vimos venir esperamos con los brazos cruzados, sin agobios. Los que no nos dejamos engañar (o nos engañaron poco) tenemos las tareas hechas. Un profesor de economía me comentó las pasadas fiestas navideñas que, el que supere esta crisis, será poco más o menos que un ser mítico, que esta limpia era necesaria en todos los estamentos, instituciones y sectores de la sociedad, una herramienta del propio sistema que, como la fiebre en el cuerpo humano, sirve para sobrevivir.

Estoy convencido de que mi generación, esa que tiene entre treinta y tantos y cuarenta y muchos, saldrá con cicatrices de esta década, pero eso da lo mismo. Es la nuestra y la debemos afrontar con ilusión para cambiar alguna de las cosas que nos asquean. Hace falta limpiar para construir de nuevo. Más alto, más justo. Unos harán de bufón, otros de sicarios. Tal vez muchos quedemos por el camino. Todos personajes de una ópera que acaba de levantar el telón y no parará hasta acabar el libreto. No hay otro camino.

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