Antes de que Trump invada el Sol

06 de febrero 2026 - 10:38

Cuando fuimos más jóvenes, gracias al cine, la televisión, la música y la literatura estadounidense, nos enamoramos de la cultura, el modo de vivir, los espacios, las calles y las gentes del país que ahora preside Trump. Desiertos hay muchos en el mundo, pero soñábamos con ir al Monument Valley; preferíamos al Mississippi que descubrir el Amazonas; temíamos más a un gánster de Chicago que a la Yakuza japonesa; las hamburguesas al sushi; y las historias de amor y los detectives de Los Ángeles, a los cruceros por el Sena. El viaje al que aspirábamos siempre pasaba por Nueva York y por eso y por razones comerciales, estudiamos inglés, no para leer los poemas de Shakespeare, sino para escapar a San Francisco y poder conversar sobre Kerouac o Vonnegut. Estados Unidos era nuestra meca cultural, social y política. Todo lo que ocurría allí, nos atañía. Todo lo nuevo nacía allí. Mandamos a nuestros hijos a estudiar en sus universidades y veíamos sus películas y series. Con tanta devoción, que a las nuestras las definíamos como “españoladas”, una despectiva manera de no reconocerlas como del mismo nivel que las que considerábamos establecían el canon de calidad de los productos fabricados en California y en Manhattan. Estados Unidos nos conquistó por la enorme fuerza y capacidad de su cultura audiovisual, no por su superioridad militar. En aquellos años veíamos westerns y sus protagonistas a caballo y con armas en la cintura bebiendo whisky en el bar del pueblo nos resultaban más cercanos que los personajes del Conde de Montecristo o Los Tres Mosqueteros, demasiado franceses para nuestras preferencias.

Amamos a EEUU, pero ahora aquel país se ha vuelto antipático y se muestra permanentemente enfadado y amenazante. A Trump no le gustamos los europeos y nuestra debilidad por la democracia liberal. Su modelo es la Rusia de Putin basado en el ordeno y mando de una única persona sobre el resto... Trump ha convertido al país donde soñar era posible, en un lugar en el que hacerlo es peligroso si las aspiraciones no coinciden con sus intereses. Somos el enemigo que derrotar. Porque ahora, ya más viejos, sabemos que nuestras calles son más seguras que las de Minneapolis y que para puestas de sol, las de nuestras playas están más cerca y el sol es el mismo.

stats