La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

La resurrección de las sevillanas

Manolo Garrido en los setenta fue clave para que el género no muriera y renaciese años después con artistas como El Mani

El Mani. El Mani.

El Mani.

Los años ochenta fueron estéticamente horribles, desde las hombreras exageradas en camisas y blusones hasta los excesos florales en los pasos de Semana Santa. Pero en la música nos depararon el apogeo de la sevillana después de años lánguidos en los que Manolo Garrido (1924-2018) se convirtió en la reserva espiritual del género. Tan es así que cuando Manolo perdió su caseta de la calle Joselito El Gallo porque a un individuo se le pasó el plazo del pago, en la Delegación de Fiestas Mayores le dijeron que no podían hacer nada, pero que sería compensado con un monumento por su labor en pro de las sevillanas. "Hacemos una cosa. Me dan ustedes la caseta y nos olvidamos del monumento". Pero aquella caseta se perdió para siempre. Manolo Garrido escribía las letras y el otro Manolo, García, componía la música.

Eran los años setenta. Las sevillanas estaban tan en decadencia que sonaban en muy pocas casetas. Alguien definió a Garrido como el salvador de las sevillanas en el momento más delicado. Lo logró. Y en los ochenta emergieron un buen número de artistas con sevillanas que forman parte del imaginario colectivo. Ayer se nos fue El Mani. Sus sevillanas de Candela forman parte de la particular historia de las ferias y romerías de miles de sevillanos. El éxito es que trascendieron de su autor para ser del pueblo, como ocurrió años antes con las sevillanas del Adiós de Manolo Garrido. En aquellos años ochenta volvieron a sonar con fuerza las sevillanas en la Feria, aunque siempre quedara el mal gusto de la música discotequera a deshoras en las casetas grandes. Tampoco faltaron críticas hacia el exceso de las sevillanas de letra rociera en las casetas del real. Muchas veces eran las más oídas.

El caso es que volvieron al debate después de estar orilladas como si fueran un género de segunda categoría. Y en buena medida fue posible a aquel inolvidable Garrido y a un buen número de grupos y solistas que continuaron ese empuje inicial. ¿Cómo no recordar la sevillana del Cántame de María del Monte? ¿Y la del búcaro que siempre hay que pedirlo porque "me muero de sed"? ¿Y las sevillanas del Silencio del enorme Pascual González con los Cantores de Híspalis? El que no se haya abierto paso en una caseta atestada oyendo cualquiera de esas letras es que sencillamente no estuvo en las ferias de los ochenta y noventa. La muerte del orondo y entrañable Mani, que hasta se introdujo en el habla popular como referencia a los grandes tamaños (El Mani empanao) nos ha hecho recordar aquellos años difíciles pero alegres gracias a estos artistas.

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