Postrimerías

Ignacio F. / Garmendia

El retorno

DECÍA con razón el griego que nunca nos bañamos en el mismo río, pero si es verdad que las aguas se renuevan o recomienzan incesantemente, como el mar del poeta, también lo es que permanecen invariables las sinuosidades del curso o los familiares paisajes de la ribera, las piedras con las que tropezamos dos o doscientas veces y las que sirven de resguardo cuando la corriente, en otros tramos remansada, se acelera o hace ingobernable. A la vuelta de agosto, unas cosas han cambiado y otras se mantienen como de costumbre, pero incluso si uno no se ha movido de casa o no ha hecho nada fuera de lo común o no ha hecho nada en absoluto, forma parte del rito la sensación de estrenar, como dicen los políticos, un tiempo nuevo.

Tienen su encanto las ciudades muertas del verano y a veces querríamos habitarlas siempre, olvidados del calendario. La rutina de los días laborables puede ser en muchos aspectos salvadora, precisamente por lo que tiene o tenía de previsible, pero en otros cabe verla como una claudicación y de ahí, más que de la pereza, viene la resistencia a reincorporarse no al trabajo o a las tareas cotidianas, sino a esa periodización estricta en la que vuelven a tener sentido los martes o los jueves, los feriados o los fines de semana. Sería emocionante empezar, como suele decirse, todos los años de cero, pero llevamos mucho camino hecho y ni queremos borrar el pasado -no sólo los esplendores, tampoco las derrotas- ni estamos dispuestos a darles la razón a los listos que hablan todo el rato de la obligación de reinventarse.

Nuestra época rinde culto a la novedad por la novedad, pero a ciertas alturas del recorrido ya hemos interiorizado unas pocas razones fundamentales -que por supuesto varían en cada caso- y no merece la pena embarcarse en buenos propósitos, habituales por estas fechas, si no media una necesidad profunda. Resultan cómicos o patéticos los esfuerzos de quienes siguen las consignas publicitarias para tratar de convertirse en personas completamente distintas, luego de reencarnarse como por arte de magia. Nuestras debilidades o limitaciones forman parte de nosotros de un modo tan íntimo que debería llevarnos a tenerles cariño, como se lo tenemos a las de la gente que nos importa, pues definen los caracteres de la misma manera que las virtudes o acaso en mayor medida. No es nuevo el tiempo ni en rigor hay nada nuevo, pero todos los días empiezan en blanco y cada instante conlleva la posibilidad de una epifanía.

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