Acción de gracias

El seise

Alguna vez acudo a una fotografía en la que aparezco con ese soberbio traje y un sombrero de plumas

Las personas sensibles, las que tenemos las emociones dispuestas a la explosión como esas barras de dinamita de los dibujos animados, convertimos los días en una subida a una noria donde hay risas, y lágrimas, y vértigo, una amalgama confusa de estados de ánimo que nos impide calificar nuestra vida como anodina. Pero, si miramos atrás, lo cierto es que nuestra historia, resumida en unas líneas, carece de épica y no da para una epopeya ni para una autoficción: no hay grandes aventuras, grandes traumas -por suerte-, nada especialmente digno de ser mencionado. El material no levanta un biopic, si acaso una comedia burguesa con una trama mínima o un drama intimista de gestos contenidos. La conclusión sería engañosa, porque toda existencia ocurre en el interior de cada uno, y ahí la travesía puede ser accidentada o gloriosa, pero a ver quién es el espabilado que le vende ese guión a Netflix. Celia Cruz cantaba que la vida es un carnaval, un frenesí, pero suele pecar de austera como esas biografías de los libros de Anne Carson: "Nació en Canadá y se gana la vida enseñando griego antiguo". Nacemos y nos dedicamos a algo. Eso es todo, amigos.

Ah, pero yo guardo en el bazar anárquico de mi pasado un recuerdo vistoso que da color al tedio, un detalle que me saca del gris: yo fui seise y bailé -un Carnaval, un Corpus y una Inmaculada- en la Catedral de Sevilla. Alguna vez acudo a una fotografía en la que aparezco con ese soberbio traje y un sombrero de plumas, la espalda recta y algo de rigidez también en la pose, las castañuelas en las manos, para revelarle a mi interlocutor que mi simplona biografía también alberga sus curiosidades. Después suelo explicar que viví aquella etapa como la culminación de un camino: yo había sido un niño místico que le escribía cartas a Dios y nunca sabía a qué dirección enviarlas, aunque si Dios está en todos lados cualquier seña habría valido; ya les conté otra vez que la lié en una tienda cuando alguien soltó un despreocupado hostia y yo reprendí a aquel adulto por decir aquello en una ciudad mariana. Era un cristiano convencido, pero como bailarín, ay, mi fervor tenía que lidiar con mi torpeza, con esos dos pies izquierdos de los que escribió Wodehouse. He vuelto a ver la danza de los seises y me sorprende cómo un patoso puede enturbiar una coreografía tan limpia, sencilla, precisa. Me evoco como un pequeño Peter Sellers tirando en la dirección contraria a la de mis compañeros, pensando al darme cuenta de mi fallo que ojalá me tragara la tierra. Ahora que llega la Inmaculada, iré a ver bailar a esos chavales, para comprobar si me reconozco en su devoción, y apuntarles de paso que no importa si se despistan -seguro que ellos no lo hacen-, que aquí uno lleva décadas dando los pasos equivocados... y se sobrevive a ello sin problema.

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